Vuelva usted Mañana

No dejes que la verdad te estropee un buen titular

Es muy determinante el título que se le pone a un artículo o a una noticia. O a un libro. Si es llamativo entrarán a saco los lectores, pero si es convencional o poco imaginativo no le prestarán mucha atención y es fácil que lo olviden pronto. Los que hemos pasado media vida en los periódicos conocemos bien la trascendencia de un buen titular. Debe ser corto, claro, preciso, expresivo, aunque hay veces en que se rompe la norma para mejorarlo. Por lo general, en Prensa es horrible ver un titular kilométrico. Y los hay a puñados, incluso en diarios nacionales de mucho nombre. Se suele decir en las redacciones: “A este título sólo le falta la firma“. En realidad, dentro del oficio, la titulación de noticias es una de las especialidades más requeridas. No todo el mundo sabe resumir perfectamente en pocas palabras el contenido de una información. No es fácil atraer al lector mediante una buena llamada en portada. En literatura es otra cosa. García Márquez titula uno de sus cuentos más exitosos con este bello conjunto de palabras: “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”. Larguísimo, pero tremendamente original. “Aventura de tres rusos y tres ingleses en el Africa Austral”, novela que me tragué encantado de la vida a los quince años (la edad del famoso capitán de Julio Verne) y en la que el escritor francés narra minuciosamente la odisea de seis científicos que miden un meridiano en el sur del continente africano, es otro ejemplo de extenso pero efectivo titular.

Julio Verne cuidó mucho los títulos de sus libros. A través de ellos, en gran medida, llegué, en mi pubertad, al placer de la lectura. El Nobel colombiano, por su parte, también se preocupa bastante de los títulos de sus libros. El mejor de todos fue “Cien años de soledad”, imposible de olvidar, pero tiene algunos otros bastante expresivos: “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera”…

Vargas Llosa es otro escritor que elige bien los nombres de sus novelas: “Conversación en la Catedral”, “La ciudad y los perros”, “La tía Julia y el escribidor”, “La guerra del fin del mundo”, “Pantaleón y las visitadoras”. Sin embargo, hay escritores buenísimos que no coronan su obra con nombres fáciles de recordar, de la misma manera que hay redactores jefes que insisten en colocar montones de palabras encabezando las noticias y seguramente es porque no saben hacerlo mejor. Y, además, no dejan que otros lo hagan. Hay días en que no logro entender qué quiere decir determinado periódico en su primera página, empleando veintitantas palabras y el espacio de cinco columnas. Es un lujo que sólo se permiten los diarios suficientemente acreditados que gozan de clientela fija, hagan lo que hagan. Algo que no les es permitido, en cambio, a los diarios en contínua promoción, necesitados de impactos visuales que detengan al lector y lo capten para siempre. Recuerdo con simpatía un recorte bajo el cristal de una mesa de redacción en Ceuta. Era el “ejemplo del titular corto”. Alguien había llegado a perpetrarlo. El título decía “Andamio”. Y el texto comenzaba así: “Ayer se cayó de uno el trabajador…” Un cachondeo que amenizaba el trabajo.

Cuando me puse a escribir este artículo tuve la tentación de hacer un experimento, inocente y nada tramposo, para ver si funcionaba la “máxima” periodística (cínica y canalla) de que no hay que dejar que la verdad te estropee una buena noticia, en este caso un buen titular. Asi es que, vista la pasión extrema y el trasiego informativo que desatan los “clásicos” Madrid-Barça, y a tenor de lo difícil que es superar al equipo blaugrana, considerado el mejor de la historia del fútbol, pensé que un buen título para el artículo de hoy sería éste: “Cómo ganar al Barça de Guardiola”. Y fui y lo puse. Estaba convencido de que con un encabezamiento tan prometedor los lectores madridistas –exceptuando a quienes me conocen bien- acudirían como moscas a la miel. Pero enseguida desistí. Nunca sabría, ni aún echando mano a encuestas –de las que no me fío un pelo- si los lectores se sentirían defraudados, engañados, y si muchos de ellos desertarían porque odian el fútbol. Opté, entonces, por acudir a una de las frases clásicas de la profesión, sarcasmo definitorio de un periodismo desvergonzado que desprecio y que, por desgracia, se ejerce con profusión en estos tiempos. Echen un vistazo a ciertas primeras planas y observarán que muchos “brillantes” titulares no son más que burdas mentiras. En el fondo, y en la forma, lo único que pretendía, al escribir mi columna, era reafirmar que hay que calentarse la cabeza y hacer buenos titulares, algo que los periodistas sabemos desde dentro y que los lectores saben desde fuera, puesto que son ellos quienes eligen las lecturas.

(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga“, domingo 29 enero 2012)

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