Hay una creencia cada vez más generalizada, según la cual, se suele favorecer la frescura juvenil en detrimento de la experiencia. Y, además, despectivamente. La referencia siempre es la misma, que en las tribus, el más viejo era el más sabio y por lo tanto era el que tomaba la última decisión. Parece comprobable que haber vivido más tiempo que tus hipotéticos competidores puede proporcionarte una cierta ventaja, porque has aprendido, y ellos todavía no, muchísimas de las cosas que no hay que hacer, aunque sigas sin saber las que deben hacerse. Pero, mira por donde, en este tiempo no tiene por qué ser así y de hecho no lo es. El jefe de la tribu no es ya la persona más experimentada. En nuestra sociedad, un político “mayor” como Felipe González es, como él mismo dice, un jarrón que nadie sabe donde colocar. Cualquier cosa que diga molesta, porque está fuera de cuadro y su figura no encaja. No digamos si se trata de un simple trabajador en paro con más de cincuenta años. Lo tendrá durísimo para encontrar trabajo. En cambio, un joven con solo dieciséis primaveras es capaz de poner patas arriba el Pentágono o la Nasa jugando con su ordenador. Los valores han cambiado. Cuantas menos cosas tengas que desalojar de tu cerebro mejor funcionarás en los nuevos artilugios del progreso. O, lo que es lo mismo, cuanto más joven seas, más rápido y mejor entrarás en las nuevas tecnologías.
La otra estratagema argumental que usamos la gente experimentada, para convencernos de que somos imprescindibles, es que la edad no determina juventudes o senectudes, puesto que no es más que una mera situación del individuo en el tiempo. Solemos decir que hay jóvenes que son viejos antes de los treinta porque se instalan cómodamente en la vacuidad, renunciando al punto de rebeldía que todo el mundo debiera tener a esa edad. Y, que por el contrario, hay viejos que no dejan de ser jóvenes después de los sesenta porque mantienen dos afanes esenciales: la contestación y el deseo de conocer. No pongo ejemplos concretos de muchachitos sin ilusión por la vida, sin metas, sin proyectos, rotos por la comodidad, aunque desgraciadamente abundan. En cambio, me viene a la mente el ejemplo contrario, emblemático, del profesor Enrique Tierno Galván, aclamado alcalde de Madrid, que murió de joven a los 68 años de edad. Lo más llamativo de la deslumbrante trayectoria de aquel gran hombre no estuvo en sus libros, en su apabullante cultura, en su apuesta política, sino en el apoyo incondicional que mostró en todo momento a los jóvenes, que habrían de seguirle hasta su muerte como a un gurú. Tal actitud le había costado, en tiempos de represión, nada menos que ser expulsado de su cátedra de la Universidad por suscribir protestas estudiantiles. En los años de la famosa Movida madrileña, siendo alcalde, fue su mejor mentor. El aspecto de caballero serio y clásico, traje de doble pecho bien planchado, camisa y corbata a juego, con que se enfrentaba a su intensa actividad diaria, contrastaba, pero a nadie sorprendía, con su dinamismo mental, su radicalismo político, sus discursos y sus arrebatos a favor del derecho de la gente joven a formarse y a pasarlo bien. Cuando murió, en 1986, fueron los jóvenes quienes abarrotaron las calles de la capital en uno de los entierros históricos más multitudinarios que se recuerdan.
Pero todo esto que digo, en fin, no son sino pretextos para no aceptar la nueva realidad, esa que dice que el diablo ya no sabe más por viejo que por diablo. Ahora hay que ser listo y navegar por la red, usando una jerga nueva, diciendo aquí estoy yo, relacionándose socialmente en Facebook,, en Twitter y donde haga falta, para intercambiar amistad, ideas, cultura, para formarse, para saber idiomas, para hacer negocios, y eso ¿quién lo sabe hacer mejor que los jóvenes, sin siquiera moverse de casa o del trabajo?
Yo sigo convencido de que la edad es lo de menos y que lo importante es tener mentalidad vitalista, curiosidad por todo lo nuevo y abrazar las tecnologías. Por lo tanto, y pese al coñazo de la subversión de valores, apoyo el cambio y proclamo que me sigo considerando joven. Lo único que ocurre, claro, es que mi juventud ya no es la que era.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 28 junio 2009)