Vuelva usted Mañana

Qué difícilmente sencillo es comer bien

Lo tengo más que comprobado, por experiencia ajena y por mi mismo: el recuerdo más vivo tras un viaje (turístico o de trabajo) es el gastronómico. Para bien o para mal. Nada como la agradable evocación de un exquisito disfrute en un sitio inolvidable o, por el contrario, qué sensación tan desagradable nos queda, ¿verdad?, después de una decepcionante comida donde esperabas una exquisitez. No es casual, sino cada vez más importante, el papel que desempeña la buena cocina en el catálogo de atractivos de los destinos turísticos. La primera vez que fui a Londres, década de los setenta, descubrí con horror lo mal que daban de comer allí. Me impresionó la espectacularidad monumental e histórica de la antigua capital de un gran imperio y por esa, y por otras razones profesionales, he vuelto en decenas de ocasiones para, poco a poco, ir encontrando mil y un lugares de cocina variada. Sin embargo, el primer recuerdo permanece y lo cuento como ejemplo de que jamás, salvo por otras motivaciones superiores, se retorna a una localidad donde se come mal.
La cocina está de moda entre nosotros. Hace tiempo que traspasó las fronteras de simple necesidad o de acto social para convertirse en auténtica seña de identidad cultural. Primero había que subsistir, luego había que transformar la comida en un regusto especial y ahora ese placer tiene que conjugar alimento y nutrición. Algo tiene que ver en ello, evidentemente, el salto cualitativo de nivel de vida que ha dado nuestro país en las últimas décadas y el éxito de los grandes chefs españoles que han conquistado fama y prestigio dentro y fuera de España.
Sin embargo, sigue siendo difícil comer sencillo, que es sinónimo de comer bien. No es mejor una comida porque sus platos lleven nombres rimbombantes, no es mejor un alimento porque su receta sea sofisticada, no son mejores los sabores porque lleven muchos condimentos. Una humilde tortilla de patatas puede ganarle la batalla al más elaborado “vaul o vent”, de la misma forma que unas pobres sardinas al espeto derrotan por goleada a esos pescados grandes y caros de las recetas “chics”, aunque, claro, lo difícil es que la tortilla de patatas y las sardinas asadas estén bien hechas, en su punto, y que no parezcan ni un ladrillo ni un carbón, respectivamente.
Hoy, cualquier lugar turístico está obligado a ofrecer una interesante variedad culinaria. Tengo advertido que si siempre me gustó Madrid fue por la facilidad que ofrece para hallar un buen restaurante de cualquier tipo de cocina. En Madrid se come lo mejor de toda España. También otras ciudades, como Málaga, están en camino de ser destinos gastronómicos. Quizá es por ello por lo que la capital malagueña mantiene el tipo en cuanto a fidelidad turística, si bien debemos reconocer que hasta no hace mucho se contaban con los dedos de una mano los restaurantes buenos –no quiero decir caros- en los que podían degustarse buenos platos, otro mérito sin duda para ser un gran referente del turismo internacional.
La gastronomía se ha situado en un nivel máximo de actualidad, las televisiones dan sabrosas recetas cocinadas por excelentes profesionales, se multiplican las publicaciones y suplementos especiales, y tal vez por eso, la gente, no solo el turista, no solo el viajero, es mucho más exigente, pero, insisto, los platos sencillos siguen siendo difíciles de encontrar. Realmente, y no solo a la hora de comer, todo lo que parece sencillo resulta muy difícil de alcanzar: el estilo literario de Gabriel García Márquez, las canciones de Serrat y Sabina, la habilidad artística de Messi, por poner ejemplos de simples maravillas de los tiempos que corren. También podría ejemplificar con poetas, pintores, artistas, que basaron su obra en la perfección de lo sencillo.
En fin, es verano, tiempo de goces e intrascendencias, que es lo que nos interesa de verdad. Mi recuerdo negativo de aquel Londres insípido lo compenso con la extraordinaria sensación que me quedó en el paladar aquel mediodía de mi adolescencia cuando, junto a mi hermano, y atraídos por un embriagador olor que excitó nuestros jugos gástricos, entramos en una cervecería madrileña de Atocha y le hincamos el diente a unos crujientes bocadillos de calamares. Entendí entonces porqué se decía que de Madrid se iba al cielo. Hay que ver.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 19 julio 2009)

Una respuesta to “Qué difícilmente sencillo es comer bien”

  1. Pepelo dice:

    Querido Rafael, leo tu artículo y tengo que darte la razón a todo cuanto expones en el mismo.
    Estamos pasando de cosas simples, pero no por ello menos exquisitas, que todas esas viandas que nos ponen delante en algunos restaurantes y por las que nos cobran un ojo de la cara y además nos dejan absolutamente indiferentes.
    Te refieres a la tortilla de patatas o a esos sabrosos bocadillos de calamares que comiste en Madrid, (supongo que sería en el Paseo de Santa Maria de la Cabeza, el bar se llamaba “El Cinco del Paseo”), joder, anda que no he comido esos bocadillos veces en mi época de estudiante.
    Amen de eso, qué se puede decir de los famosos “volaores” de nuestra querida Ceuta, las huevas de bonito secas o los propios bonitos secos. Son manjares que si bien no están adornados en una carta de restaurantes de lujo más de uno repetiría si los probara.
    En fin, acepto absolutamente casi todo lo que comentas, excepto la “habilidad artística de Messi”. Ya sabes que yo soy del otro bando, del merengón vamos, y eso no puedo digerirlo bien.
    Saludos desde Ceuta, paisano.

    Pepe López Fuentes

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