No es nada fácil vivir en las condiciones impuestas por la sociedad de consumo a la que nos han llevado los eternos amos del dinero. Más de la mitad de nuestro tiempo lo pasamos en utilizar lo que yo llamaría las herramientas de vivir, simplemente de vivir. Cualquier ciudadano de hace trescientos años se volvería loco si habitara súbitamente entre nosotros. Debemos disponer de carnet de conducir, navegar por los complejísimos espacios cibernéticos de Internet, aprendernos de memoria números de teléfonos, documentos de identidad, tarjetas de crédito, matrículas, direcciones; tenemos que movernos por ciudades, aeropuertos y estaciones enormes, defendernos continuamente de intentos de timo, de ataques contra nuestra ingenuidad; firmar cláusulas ininteligibles que pretenden engañarnos; alejarnos o caer en las tentaciones del consumo material innecesario: soportar tal intensidad de ruidos que nos están cambiando el carácter; utilizar artilugios que mejoran probablemente la higiene y la salud, pero que deterioran el cerebro; convivir con la violencia y la sangre de las guerras que te sirven alegremente en la tele a la hora de comer; aceptar como hechos normales y cotidianos los crímenes de género, los horrores del tercer mundo, la muerte masiva y prematura de millones de niños… En estos menesteres se nos va más de la mitad de nuestro tiempo vital. No son ocupaciones o preocupaciones que nos hagan sentirnos felices, ¿verdad? La otra mitad de nuestro tiempo sería para trabajar, pero trabajo hay poco. ¿Qué podemos hacer, entonces, para no hundirnos en el pesimismo absoluto? La respuesta es alternativa: sentarnos de acampada a verlas venir o dejarnos llevar por el fútbol. No hay otra.
Con el gol que nos proclamó campeones del mundo, Andrés Iniesta hizo más por la felicidad y la alegría de los españoles, en su conjunto, que todos los gobiernos y todas las leyes democráticas o dictatoriales (muchas más éstas que las otras), que se han sucedido a lo largo de centenares de años de nuestra historia. Sabiendo como sabemos que la política y la religión son los fenómenos sociales que más implican a los pueblos, debemos añadir un tercer elemento emocional que está demostrando tener más influencia que los otros dos y que es el fútbol. De la religión decía Marx que era el opio del pueblo, pero, por su propia actitud, se ha convertido paradójicamente en lo más anti religioso que existe. Y de la política ni hablemos. Quizá vivamos sus peores momentos. Produce en la sociedad desafección, rechazo, alejamiento, porque lo que percibe en ella es mala leche, resentimientos, “vendettas”, insolidaridades, desprecio por el interés público y lo que recibe de ella es pura infelicidad, o, lo que es lo mismo, crisis económica, paro laboral y desesperanza. Así es que goles como el de Iniesta en el “Soccer City” de Johannesburgo, o como el de Fernando Torres en el “Ernst Happel” de Viena, tuvieron la virtud de hacernos olvidar calamidades y tristezas y nos elevaron al cielo de lo sublime en el que dimos saltos de alegría al sentirnos triunfadores ante Europa y ante el mundo. Nada comparable a la explosión colectiva de júbilo que sentimos unos cuantos millones de personas, de todas las edades y estratos sociales, aquellas noches memorables de junio de 2008 y de julio de 2010. Fue cuando, sin complejos, adornamos los balcones con la bandera de todos y cuando supimos que no éramos perdedores sin remedio.
Desde entonces seguimos viviendo con ese plus de auto estima que nos salva de los efectos nefastos de la crisis. Una crisis, por otra parte, cada vez más complicada y difícil de entender para la gente de a pie, que nos lleva cuesta abajo y para la que no parece existir remedio alguno ni, por supuesto, brotes de imaginación.
Nadie piense que me tomo a broma un tema que tanto nos inquieta. Pero como fiel seguidor de “La Roja” y como culé irredento estoy en condiciones de afirmar que las satisfacciones y felicidad del fútbol me han compensado de sobra, en los tres últimos años, de los deterioros que nos depara la vida desde que los sinvergüenzas de Wall Street decidieron que los pobres teníamos que ser más pobres para que ellos, los ricos, pudieran ser más ricos. La pena es que el fútbol descansa en verano. En realidad, este artículo debía haberse titulado así: Qué difícil es vivir… sin fútbol. Pero tuve miedo de que desertaran algunos lectores.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 12 junio 2011)
Jajaja, Buenas noches, Rafael.
Hacía tiempo que no me pasaba por el blog, y aunque reconozco que no soy futbolera, comparto tu opinión de que durante el verano aunque fuera durante los partidos, el mundo se miraba unido y de buen grado, una competición que te hacía salir de casa y pensar en positivo. Ese gol de Iniesta fue un acto de fe. En la plaza de toros de la Malagueta, se escucharon oraciones en todos los idiomas. Y se produjo el milagro cristalizado en una patada certera.
Para todo lo demás, mucho queda por rezar para que algunos terminen de hacerse contorsionistas para que pasen por el ojo de la aguja de una buena vez.
Un saludo
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