A mi el cine me parece una buena idea. Siempre me lo ha parecido: para edificar sueños y fantasías personales, para superar por unas horas esa pesadilla cotidiana llamada realidad, para resolver un proyecto cultural. 0, en fin, para convertirlo en Festival y en la mejor herramienta promocional de una ciudad, en este caso Málaga. No sé si será porque tengo una devoción especial por el cine, pero la verdad es que me parece, en general, una buen idea para casi todo.
Para mí, niño en años de escaceses, fue la ventana por la que aparecían, como grandiosos espectáculos, las películas de Hollywood y Cifesa que me trasladaban a mundos plenos de gestas y aventuras, héroes y malvados, desiertos y laberintos intrincados, pantallas por las que corrían para siempre la cuadrigas de Ben Hur queriendo escapar de los límites del cinemascope…
Desde las primeras filas de butacas de mis entrañables y ya desaparecidos cines ceutíes Apolo, Cervantes y Africa asistía con los ojos bien abiertos a la narración visual, no cronológica, de maravillosas historias de la Historia universal. Y asimilé mi experiencia cinematográfica, en años color tristeza, como la gran asignatura de cultura general en technicolor que nos hurtaban los libros de formación del espíritu nacional.
Insisto, pues, en que el cine, que es una de mis dos vocaciones frustradas, me parece no una buena idea, sino una excelente idea. Y es esa una de las razones por las que aplaudo fuerte la idea, el desarrollo y el éxito enorme del Festival de Cine de Málaga, quizá el mayor de los aciertos de los últimos años en la capital de la Costa del Sol.
Otra razón por la que resalto los méritos del Festival malagueño es porque su eclosión viene a demostrar sin ningún género de dudas que cuando se ponen en marcha las buenas ideas, se las profesionaliza y se las blinda hasta donde es posible del entrometimiento político, los resultados suelen ser alentadores.
El Festival de Cine de Málaga, que los malagueños lo han hecho suyo reconociendo el mérito, viaja desde hace años por ámbitos de prestigio y es un vehículo de promoción turística que pone el buen nombre de la capital en el escaparate de la actualidad casi todo el año.
Qué quieren que les diga. Amo amar las cosas bien hechas, como las buenas películas. Me cuesta más, en cambio, amar las películas que se fraguan entre mentiras y oscuridades. Aunque en el fondo también las ame.