Nuestra lengua está viva y tiene cuerda para rato, así es que no necesita que la defendamos excesivamente contra el ataque incontrolado de cuatro ultras, pero de todas formas es una pena que estos necios perseveren en su empeño de despreciar un idioma que hablan centenares de millones de personas en el mundo. No me atrevo a decir que los catalanes estén obrando mal, porque no son los catalanes sino unos cuantos, muy pocos, catalanistas, algunos con cargos importantes en el gobierno autónomo.
En los Estados Unidos hay más gente hablando español que en España, y de Río Bravo para abajo no digamos, y, aunque por allí lo hispano es aún sinónimo de malo, de delincuencia, de drogas, lo cierto es que nuestro idioma, con las ricas variantes, cadencias, ritmos y acentos de todo un continente, va abriéndose camino hasta llegar a las puertas de ser el segundo idioma oficial en el poderoso país norteamericano.
Y, mientras tal ocurre en latitudes tan lejanas, aquí dentro, cuatro insensatos de mierda emponzoñan el ambiente de convivencia despreciando la lengua de todos, saltándose a la torera la propia Constitución que garantiza el uso del idioma oficial –el español– y los de las Comunidades autónomas. Invierten estos extremistas las tornas del pasado y se igualan así a los comportamientos intolerantes y totalitarios de tiempos atrás.
Tras fijar el mandato de la oficialidad de la lengua española, la Constitución, en su artículo tercero, sentencia que las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades autónomas, de acuerdo con sus Estatutos, y establece que la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección. Que se potencien el catalán, el vasco, el gallego, que ello va a redundar en beneficio de su propia cultura, pero que no se conviertan en excluyentes porque terminarán empobreciéndose como idiomas ellos mismos.
Precisamente, el español promete ser el idioma de la cultura universal, toda vez que el inglés ya lo es para el mundo de los negocios. Nuestro idioma es, en estos momentos, el idioma de moda en muchos países de Europa, lo he podido comprobar in situ en muchas ocasiones, y se aprende en cada vez más universidades de varios continentes.
Nosotros mismos deberíamos hacer más por nuestra propia lengua, mimarla un poquito, cuidarla, usarla bien, no atropellarla, no herirla, escribirla con respeto, expresarla con alegría. Tenemos una lengua rica y nos empeñamos en movernos dentro de los estrechos márgenes de un léxico de contadas palabras, como si estuviéramos escasos, en nuestro amplio diccionario, de los vocablos adecuados para cada expresión. Podemos y debemos escribir mejor nuestros periódicos, nuestras publicaciones, podemos y debemos mejorar la calidad de lenguaje de quienes profesionalmente se asoman a Internet, a las pantallas de la televisión, a las ondas radiofónicas.
Decía un Premio Nobel español, a propósito de la polémica bilingüista de Cataluña que, cuando pasen algunas centurias, sólo quedarán dos ó tres grandes idiomas en todo el mundo, y que, lógicamente, uno de ellos será el castellano. Desde tal perspectiva, reconozcamos que las actitudes de cuatro intolerantes comunes y de cuatro esnobs nacionalistas resultan enanas e insignificantes.
Es lo de siempre, cuestión de conversos, cuestión de extremismos, somos el país más cainita del orbe. No importa que, a miles de kilómetros allende los mares, crezca en proporciones gigantescas nuestro idioma, el español; no importa que se haga cada vez más universal. Lo que parece importar a estos estrechos de mente es que el castellano es el idioma del Estado y que ellos lo que quieren es salirse de ese Estado. Olvidan que, incluso siendo independientes, les iría mejor con dos idiomas.
(Artículo nº 39 del libro “Una España de Cine”, 1996)