Llevo días escuchando en tertulias radiofónicas y televisivas los más diversos epítetos aplicados al antiguo e inflexible cardenal Ratzinger, más conocido hoy como Papa Benedicto XVI, quien tras dignarse visitarnos este último fin de semana nos ha dejado, como secuela, una ácida polémica que no creo hubiera sido lo más adecuado en un viaje que se suponía de buena voluntad. No hubo expectación tremenda ni asistencia masiva ni unánime exaltación por la visita papal. El millón de asistentes que reunía Juan Pablo II se ha visto reducido a los escasos cien mil de Benedicto XVI. Ni siquiera ha funcionado como promoción externa de Barcelona el acto de consagración de la Sagrada Familia (emblema turístico de la Ciudad Condal). Ha fallado el negocio. Los comerciantes lo han dicho. O sea, todo transcurrió –excepción hecha de las diatribas del jefe de estado vaticano- dentro de la normalidad de un país en el que la gente es libre de manifestarse como le da la real gana y de asistir o no asistir a cualquier tipo de espectáculo.
Sólo a un Papa – a este Papa, no a otros- se le podía ocurrir dirigirse a un país, y, antes de llegar, lanzar un dardo corrosivo al corazón del Estado que ha de recibirle y a la sensibilidad de muchas españolas y españoles que se sintieron insultados y humillados. Da la impresión de que este hombre, tan inteligente como dicen que es, tan estudioso, tan excesivamente conservador, se olvida de que España es un país aconfesional y libre. Y, sin encomendarse a Dios –lo mínimo que se le puede pedir-, se inmiscuye en nuestra política interna, descalificando las leyes sociales y progresistas que nos hemos dado democráticamente y que a él, integrista hasta el tuétano, les parecen pecados mortales. Arremete contra los homosexuales, contra los derechos adquiridos por las mujeres españolas, que, según él, “deben realizarse en el trabajo y en el hogar”. De nuevo, el discurso de los viejos tiempos, el discurso de una Iglesia que asigna a la mujer el rol de lo insignificante, relegándola al último plano y negándole la iniciativa y la participación. Se permite este Papa, además, establecer un paralelismo entre el periodo previo a la Guerra Civil, años treinta, y los tiempos actuales en cuanto a “enfrentamiento entre fe y modernidad”. Comparando la situación actual de España con la de la II República, osa asegurar que “… ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como se vio en la década de los años treinta” Y nos lanza un consejo soflama: “España necesita una reevangelización“.
En cambio, y pese a presumir de conocimientos históricos, no debió parecerle pecado, ni siquiera venial, que la Iglesia, su Iglesia, llevara bajo palio a Franco en su guerra a muerte contra la legalidad republicana y cuarenta años más de propina, colaborando estrechamente con la dictadura y beneficiándose de ella. Ni consideró algo malo que su institución fuera beneficiaria de una gran prebenda oficial firmada por Mussolini ni que mirara para otro lado cuando millones de víctimas inocentes eran masacradas por los regímenes terroríficos con los que siempre mantuvo “buenas relaciones”. Ni pide perdón sincero por el oscurantismo de una trayectoria, por la Inquisición, las matanzas, las guerras históricas en nombre de la cruz, las condenas y excomuniones injustificadas a genios de la Ciencia. Ni se avergüenza lo suficiente del más horrendo de los pecados, que se comete contra los niños, la pederastia, que tanto escandalizó a Jesús de Nazaret, execrable delito perpetrado impunemente durante años y años por numerosísimos miembros del clero, bajo el manto, la protección, la connivencia y el ominoso silencio de las altas instancias eclesiales.
Este Papa debe saber, pero parece ignorar, que el Estado español le da cada año a su Iglesia una cantidad superior a los ¡¡cinco mil millones de euros!! Tampoco parece conocer que el gobierno ha congelado el debate sobre la Ley de Libertad Religiosa para no enrarecer la visita y para no buscar confrontaciones.
Pero lo peor de todo es que de estas ocasiones provocadas surgen argumentos políticos que explotan sin escrúpulos quienes utilizan todo lo que esté en su mano para derribar al adversario. Lo estamos viendo, oyendo, en las tertulias, en los mítines. En eso sí que parece que hay gente (convencida) empeñada en retrotraernos a tiempos negros de botas, correajes, incienso y sacristía.
Reconocemos a una Iglesia auténtica cuando vemos la obra inmensa de Vicente Ferrer o de Teresa de Calcuta, o la de infinidad de voluntarios anónimos, profesionales de la Medicina, de la Enfermería, de cualquier profesión, de cualquier procedencia, gente que se entrega
con abnegación en la cristiana tarea de salvar vidas humanas, evitar muertes prematuras de miles de niños, crear escuelas, levantar hospitales, hacer puentes, llevar luz y agua, comida y ropa a quienes se mueren de hambre, de sed y de frio en países explotados por otros países. Qué fácil es creer en esa Iglesia, considerarla como una religión fraternal, justa, humilde, discreta, anónima: “Que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda“.
Por el contrario, qué difícil es encajar, aceptar, las intromisiones de esta otra Iglesia, diseñada exclusivamente para una determinada gente acomodada y de opción política super conservadora; una institución cuajada de riquezas, palacios, tesoros y tapices, erigida y sustentada a lo largo de dos mil años como un enorme y falso tinglado (basado aparentemente en amorosos pasajes evangélicos) del que brotan sin complejos las miserias, los escándalos, el machismo y las más perversas ambiciones de los poderes terrenales.
“Et in terra pax hominibus bonae voluntatis”.
¿A quien le correspondería, en este “valle de lágrimas”, en lugar de desunir, ser el primero en propugnar la paz y el entendimiento entre los hombres y las mujeres de buena voluntad?
Recurro a los evangelios: “Por sus obras, por sus frutos, los conocereis“. También por sus palabras…
¡Cuanta razón!
Amén.