Ahora que el gobierno, sin encomendarse a dios ni al diablo, lo está trastocando todo, le propongo una modificación, con carácter de decreto ley, del “status” y de la denominación de la palabra periodista. Y para que no le resulte dificultosa la decisión, me permito asesorarle convenientemente.
Primero, dejar de llamar periodistas a quienes son simplemente chismosos. Así es que estas gentes, a las que no se les tocaría el sueldo, podrían llamarse “chismosistas”. Perdonen que me invente palabros, pero es para mejor retratarlos.
Segundo, dejar de llamar periodistas a quienes son simplemente huelebraguetas, esos pobres esforzados que persiguen a los famosos por calles y aeropuertos. A estos tampoco habría porqué rebajarles los honorarios y se les podría denominar “braguetistas”.
Tercero, dejar de llamar periodistas a quienes son simplemente cantamañanas, o cantatardes, especialistas del cutrerío y la vulgaridad. Se les mantendrían sus retribuciones y pasarían a llamarse “vulgaristas”.
Cuarto, dejar de llamar periodistas a difamadores, calumniadores, crucificadores, irresponsables, gritones, analfabestias, bufones del mal gusto, a quienes se les podría practicar alguna rebaja salarial y pasar a denominarles simplemente “deshonristas”
No sé si al gobierno le interesará esta propuesta, primero porque no se va a ahorrar mucho dinero y segundo porque sus miembros ya han abrazado la fe de programas como “La Noria”, donde son recibidos con altos honores y no es plan de desperdiciar las oportunidades.
Me lo pienso y mejor será que retire esta proposición no de ley y deje las cosas como están. Eso si. Nosotros, por nuestra cuenta, podríamos seguir diferenciando a un chismosista, braguetista, vulgarista o deshorista, de lo que es, en verdad un periodista: alguien que muere defendiendo la libertad en Honduras o en Colombia, alguien que sufre persecución de los tiranos, alguien que critica duramente la gestión pública, alguien que ejerce con dignidad y responsabilidad una profesión dura y mal retribuída…
Eso sí podíamos seguir haciéndolo. Sin molestar al gobierno.
Me gusta mucho tu artículo y me solidarizo con todo lo que dices, porque soy de las que se indignan con los que se convierten en periodistas de un día para otro, simplemente porque un día entraron en un debate de “no sé qué” o participaron en programas “basurillas variadas o de medio pelo”. Y lo malo es que, al final, sigues escuchando aquello de “es que la prensa…” y todos somos iguales. Te obligan a no defender a tu gremio porque por desgracia no me siento representada por nadie. Sólo puedes hablar por ti mismo, evitando sentirte aludida por cosas que hacen los demás.
Hay que reconocer los errores pero sólo los de cada uno.
Me ha encantado conocer tu blog aunque todavía no he podido verlo todo. Pero de momento, me está gustando.
Un abrazo