No fue mi mejor amigo. Pero fue amigo mío. Tuvimos épocas de renuncia mutua y recíproca. Pero también de unión y de afectos. Al final, como suele ocurrir entre gente como él y como yo, acabamos respetándonos y reconociéndonos. Nada de lo que nos unió o nos separó tiene que ver con la labor, la inmensa labor, que desarrolló Juan Carlos Reina Lozano en favor de su Marbella del alma. Ha muerto a los ochenta y cinco años, después de regalar a su tierra lo mejor de sí mismo, sin conceder jamás importancia a sus esfuerzos, a su entrega, a la dedicación renacentista que ejerció en mil trincheras, muchas veces sin reparar en que sus ofensivas eran como elefantes que irrumpían en apacibles cristalerías. Fiel a sí mismo, a sus verdades, a sus convicciones, a su visceralidad. Pero noble a la hora de recoger velas, leal con quienes lo eran con él; incapacitado para el negocio del chalaneo informativo. Periodista de micro y de Underwood, publicista, entusiasta de la vida, del amor, del Atlético de Marbella, escritor de volúmenes indispensables para conocer a fondo la historia local. Vitalista contagioso, optimista camuflado de pesimismo.
Conocí a Juan Carlos Reina cuando se fundó el periódico “Sol de España” en aquella Marbella única, idílica, tiempo ha. Ya por entonces era director de la emisora local de la Cadena Sindical, casi un poder fáctico en el pueblo. Imprescindible en cualquier situación o circunstancia, Juan Carlos Reina era el dueño de la información local y a él acudíamos los jóvenes periodistas recién llegados en socorro de claves para tratar con los otros poderes: el del alcalde de turno y el eclesiástico, representado por el inefable don Rodrigo Bocanegra.
Compartíamos con Juan Carlos noticias, desvelos y proyectos por un desarrollo armonioso de Marbella y hasta compartíamos a un periodista, José Luis Arranz, locutor de día, redactor de noche.
Luego, tuve el privilegio de conocer a su hermano Salvador, también periodista, que murió pocos meses después de ser nombrado director del “Sol”, víctima de un accidente de tráfico en los Montes de Málaga. Aquella muerte, una tragedia súbita, terrible, nos acercó bastante a Juan Carlos Reina y a mi, incluso en la distancia. Para su familia fue un golpetazo tremendo como lo fue para todo el pueblo. Para nosotros, los redactores de “Sol de España”, fue también un duro revés del que tardamos en recuperarnos. Durante años mi periódico evocó, fiel a la cita, la fecha fatídica del 9 de noviembre de 1968 con un recuerdo emotivo. Y cada vez, emocionado y agradecido, Juan Carlos me correspondió con una llamada de gratitud. Pero como la vida nos fue llevando a posiciones distintas en frentes opuestos, terminamos tocándonos las narices con críticas personales, soterradas o abiertas. Cierto es que algunos oficiosos oficiaban a favor de nuestros desencuentros. Y fue pasando el tiempo y él siguió al pie del cañón, pateándose sus calles, escribiendo, opinando, defendiendo sus ideas. Y alguna vez nos reencontramos y nos dimos un abrazo. Y yo seguí viéndole como lo que era: un perfecto todo terreno de la comunicación, al que nunca se reconocerá en toda su dimensión lo que hizo por su pueblo.
Más tarde conocí a su hijo, Miguel Angel, con el que he compartido vivencias periodísticas en otro Sol, “El Sol del Mediterráneo”. Y creo que nos caímos bien y que seguimos cayéndonos bien porque, siendo como es un personaje extraordinariamente especial (quiero decir difícil), encuentro muy fácil relacionarme con él, incluso con puntos de vista contrapuestos. Es tan sincero Miguel Angel que es imposible no entenderlo. Le tengo dicho que admiro su osadía profesional, su valentía informativa, su espontaneidad y su terquedad periodística. Y como conocer es querer, debo decirle que siento mucho, muchísimo, que su “jefe”, el “abuelo”, su padre, se haya ido. Y también le digo que me han gustado unas palabras suyas sobre lo que siente en estos momentos, cuando dice que, al no ser creyente, no se imagina a su padre en el cielo ni en ningún otro lugar mitológico. “Yo lo llevo conmigo –dice- como lo he llevado siempre”.
Sirvan estas líneas como muestra de condolencia hacia mi compañero Miguel Angel y hacia toda su familia. Yo también llevo conmigo siempre el trocito del tiempo de Marbella que compartí con dos grandes periodistas: Juan Carlos y Salvador.
Sol de España fue una aventura maravillosa de la que he conocido detalles increíbles años después por boca de muchos de los profesionales de redacción y talleres. Los que tuvisteis el privilegio de vivirla disteis lecciones magistrales de PERIODISMO, de lo que doy fe como ratón de hemeroteca. Mi tío, Salvador Reina Lozano, y mi padre, Juan Carlos, fueron gigantes de otro tiempo ya casi extinto. Tu eres nuestro gigante Rafael. Muchas gracias por tu cariño.