Vuelva usted Mañana

Periodismo y amarillismo

Hace tiempo, en mis inicios periodísticos, existía una norma no oficial ni escrita, una especie de recomendación, que no todas las redacciones cumplían, en el sentido de silenciar las noticias sobre suicidios. Se decía que la mera información de este tipo de sucesos producía un inevitable efecto contagio. Un suicidio con eco en los medios arrastra a otras personas a quitarse la vida, siempre según esta teoría. Como por entonces aún padecíamos el ordeno y mando y el rechazo de todo lo externo, los de Información y Turismo nos restregaban las cíclicas epidemias de noticias sobre suicidios que se prodigaban en la pérfida prensa europea.

Aquella prevención venía de muy atrás, exactamente de los códigos iniciales de la Editorial Católica, fundada por el muy recordado en Málaga cardenal Angel Herrera Oria, creador y director de “El Debate”, cuya Escuela de Periodismo (1926) fue la primera de España, inspirada en la de la Universidad de Columbia (la segunda más antigua del mundo tras la de Missouri), financiada con el dinero que dejó el magnate y amarillista Pulitzer, creador también de los famosos premios. Tres intelectuales católicos, enviados por Herrera Oria, se desplazaron a Nueva York a estudiar y a inspirarse en el modelo de la Universidad de Columbia, del que copiaron la estructura básica. A partir de ahí se iniciaron los estudios periodísticos en España, que tuvieron continuidad con la Escuela Oficial de Periodismo, creada por el régimen franquista, antes de ser llevados a la Universidad. Desde el punto de vista católico (con sentido más moderno), las enseñanzas del periodismo aún continúan desarrollándose con vigor tanto en España como en algunos países hispanoamericanos.

Personalmente he tenido ocasión de visitar las aulas del Magister en Periodismo Escrito, creado por la Universidad Católica de Chile dentro de las instalaciones del prestigioso diario “El Mercurio” (decano de la prensa hispanoamericana), y he comprobado no solo su sólida calidad de enseñanza sino la salida profesional de éxito de sus alumnos.

Volviendo al tema de posibles epidemias, nunca llegué a leer ningún estudio o informe riguroso sobre la verdad de tal efecto contagio producido por la noticia de un suicidio, aunque sé que, con mayor o menor sustancias ideológica o religiosa, existen tales teorías.

Lo cierto es que ahora se resucita una cuestión parecida con las noticias de violencia de género, de tan lamentable actualidad. Ayer mismo, en una tertulia de periodistas y sicólogos, alguien apostaba por silenciar los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas. Se volvía a la teoría de los suicidios. Si sale a la luz un crimen horrible con una mujer como víctima, se despertarán los instintos en otros asesinos machistas y se establecerá una cadena irremediable. Esa era la teoría de algunos tertulianos, pero es un argumento difícil de aceptar porque contrapone posible prevención social a puro derecho informativo. Igual ocurrió con las matanzas de eta. Más de un periodista, más de una publicación, se resistieron a dar noticia de tales barbaridades. Sostenían que si no se daba publicidad a los crímenes, los criminales no verían cumplidos sus objetivos. Pero el debate no se sostuvo y la tesis dominante siguió siendo la de que la noticia es sagrada, aunque la opinión sea libre.

Sin embargo, existe un punto de fricción, en la redacción de las noticias sobre violencia de género, en el que tengo una opinión muy decantada. Estoy de acuerdo en que es preferible que la noticia aparezca y, además, limpia, clara, para evitar confusiones. Pero no estoy de acuerdo en absoluto con las recreaciones morbosas, plenas de detalles innecesarios, rebosantes de truculencia, de sangre, con las que, en ocasiones, se nos muestran estas noticias tan horribles y rechazables. Para esta forma de informar, que se convierte en forma de deformar, sí existen antídotos. Contra el vicio del amarillismo, del sensacionalismo, de las noticias efectistas y escandalosas, está la virtud del buen gusto.

Soy partidario acérrimo de la máxima de un poeta excepcional, periodista y amigo personal, referente de la profesión, del que no hace falta decir su nombre de tan importante como es. Una vez me dijo: “Unicamente apruebo y soy partidario de un tipo de censura: la censura del mal gusto”. Pues lo dicho. Contra el mal gusto, el buen gusto. Información, sí. Amarillismo, no.


(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 10 abril 2011.)

Nota.- El personaje “The Yellow Kid“, que ilustra este post, dio origen al término amarillismo en la prensa americana cuando los magnates Pulitzer y Hearst competían (1895 – 1898) con sus respectivos diarios “New York World” y “New York Journal” en una lucha salvaje por sumar lectores.

Una respuesta to “Periodismo y amarillismo”

  1. Jose Jiménez dice:

    Pienso que el amarillismo encuentra su auge en la degeneración “informativa” de la sociedad, donde lo morboso, lo espectacular y lo impactante tienen cada día mayor peso que la información seria. Donde cada día los medios (prensa, radio…) se dejan seducir por lo superficial, por “lo rápido” y por el morbo.

    Sin dudas nadie podrá erradicar el amarillismo, pero al menos hay que evitar que no se alcancen cotas de superficialidad preocupantes, porque en ese caso la labor periodística quedaría en entredicho.

    Un saludo

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