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Pequeña historia de grandes apagones

Los apagones tienen su tradición, su propia identidad, dentro del inmenso catálogo de fenómenos sociales de nuestro tiempo. A todos nos ha afectado alguna vez. ¿Quién no ha padecido los efectos desconcertantes, demoledores, de un apagón inoportuno?, contando, claro, con que todos los apagones son inoportunos por inesperados. En general, los apagones tienen mala prensa. O, para decirlo mejor, son las centrales eléctricas las que llegan a concitar la mayor dosis de odios populares y empresariales cuando son causantes de un trastorno tan desagradable como es quedarte sin luz en tu casa o donde quiera que estés. La gente no es tonta y sabe perfectamente que no hay equilibrio entre lo que paga por el recibo de la luz y el servicio que recibe de tales empresas, que, por otra parte, obtienen y exhiben impúdicamente pingües beneficios.

Desde que, en la tercera parte del siglo XIX, Edison hizo posible la iluminación eléctrica, los apagones se encargan de recordarnos, periódicamente, que la Naturaleza cuenta con su propia iluminación –el sol, su reflejo en la luna, los rayos- y que no necesita de los artificios del hombre, que nunca son definitivos. O, cuando menos, no son seguros del todo.

La primera advertencia seria de esta inseguridad fue el famoso apagón de Nueva York, el nueve de noviembre de 1965, que paralizó durante catorce horas la actividad de ocho estados de la costa Este norteamericana, y que sumió a la Gran Manzana en una aterradora y caótica oscuridad, con el Metro y los ascensores de los rascacielos bloqueados, los aeropuertos y las estaciones de trenes cerrados, las empresas paralizadas y los hogares angustiados.

Aquel apagón produjo las noticias más dispares. Sin aclarar del todo el motivo técnico –una sobrecarga suele ser el pretexto habitual- y dando por hecho que las pérdidas económicas fueron incalculables, lo más comentado fue la curiosa coincidencia de un avistamiento de ovnis justo sobre las zonas donde se ubicaban las centrales y en los momentos previos al suceso. Y nueve meses después, la otra noticia más comentada fue el incremento súbito de natalidad en la ciudad neoyorquina.

Era de prever que una hecatombe urbana como aquella no habría de repetirse. Las autoridades pondrían de su parte, las empresas eléctricas aprenderían la lección. No iba a tropezar el hombre dos veces en la misma piedra, ¿verdad? Pues tropezó. ¡Claro que tropezó! En 1977 volvió a producirse otro apagón general en Nueva York. Y en esa segunda ocasión, las consecuencias fueron más desastrosas, las pérdidas más cuantiosas, el pánico más delirante. Mucha gente esta vez no se refugió en el lecho del amor, sino que se dedicó al pillaje, a la violencia urbana, al robo.

Aquí, en la piel de toro, los apagones, por aquella época, nos parecían consecuencia directa de la pobreza del franquismo, del tercermundismo económico en que vivíamos. Cuando estábamos en pleno cierre del periódico, plaff, el apagón. Llamadas de cabreo (inútiles) a Sevillana y, pasado algún tiempo, nuevos apagones. Deseábamos la llegada inmediata de la democracia, la prosperidad, para que no nos dejaran sacar el periódico cada día sin sobresaltos. Pero los apagones nos demostraron que nada tienen que ver con sistemas de libertades o de represión. Se producen porque le salen de las narices a unos pocos. A ellos, seguro, no les faltará nunca la iluminación. Tienen sus luces propias.

Lo último en apagones, y por eso he escrito todo lo anterior, son los apagones solidarios. Anteayer, dia 29, en todo el mundo se dio nuevo testimonio solidario para mentalizarnos sobre la necesidad de frenar el cambio climático. Cuatro mil ciudades y capitales de 88 países apagaron durante media hora sus monumentos y edificios emblemáticos. Sin embargo, lo más sorprendente de esta excelente iniciativa es que fue seguida mayoritariamente por autoridades, organismos, corporaciones y grandes empresas, pero no por el pueblo. La gente de a pie no quiso apagar la luz. O no se enteró de que debía apagarla para preservar nuestro planeta. El caso es que prefirió quedarse en casa viendo el apagón solidario en la tele.

Un comentario to “Pequeña historia de grandes apagones”

  1. Daniel dice:

    Para que sepan, muchas veces la energia electrica NO SE ALMACENA y hay que generar e instantaneamente se consume. Las personas que planifican cuanta energia se genera se guian por pronosticos de años anteriores, sencillamente si hay un demanda fuera de lo comun, es cuando ocurren apagones.

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