Hoy, tantos años después, quiero recrearme en la evocación de un tiempo de la niñez, tan lejano como feliz. Y me permito contarlo aquí, excusándome ante quienes buscan otras cosas en este blog (sorry), y para noticia y constancia de mis paisanos de Ceuta. Comprendo perfectamente a quienes deserten de la lectura en este instante, aunque les solicito la merced de que vuelvan mañana.
CADA DIA la red me sorprende con nuevos hallazgos. Acabo de saber de un amigo de la infancia con el que jugaba al fútbol en el duro cemento del colegio de los agustinos, en mi queridísima Ceuta natal. Ufff, cuánto tiempo… Se llama Pedro González Carnero, su nombre deportivo era Pedrito y jugó en Primera División con el Celta de Vigo. También militó en el Cádiz y en el Racing. Crecimos, nos hicimos adolescentes y nos vimos por última vez cuando le hice una entrevista para “El Faro de Ceuta”. Lo había fichado el Real Madrid, pero lo cedió porque, como siempre, el club merengue andaba plagado de estrellas. Pedro y yo iniciábamos nuestras carreras, él como futbolista profesional y yo como periodista. A partir de entonces nunca más volvimos a vernos, el destino se encargó de distanciarnos, si bien siempre seguí su carrera a través de las páginas deportivas.
ATRÁS QUEDABAN los hitos de la niñez, primero como compañeros de voces tiernas de la Escolanía de San Agustín en la que él sobresalía como solista por la limpieza de su voz y por el tono tan alto que alcanzaba. Curiosamente nos daba Música el mismo cura que nos enseñaba Matemáticas, asignatura con la que siempre estuve peleado. No entendía yo qué tenía que ver la música, que tanto me gustaba, con los números, que se me atragantaban, hasta que el mismo profe me explicó que ambas importantísimas expresiones tienen dos componentes esenciales, claves, que son el ritmo y la armonía. El padre Prada nos hacía aprender villancicos y misas, entre ellas la Misa de Gloria, de Puccini, y nos marcaba las notas con su afinador de pito en la clase más amplia, que era la de zoología, en la segunda planta. En Navidad nos citaba a los niños del coro en el refectorio del colegio, y ahí estábamos Pedro y yo hinchándonos a exquisitos turrones. Esa noche nos llevaba a la Iglesia de San Francisco, en la Plaza de los Reyes, que regentaban los agustinos. Allí, extasiados, cantábamos a cuatro voces la Misa del Gallo, en medio del emotivo silencio de una iglesia abarrotada y sintiendo de cerca el arrobamiento de nuestros familiares. Como fondo, retumbando en las bóvedas y en los altares, el solemne, sobrio y vibrante acompañamiento musical del armonio que, con buenas manos, hacía sonar nuestro cura enseñante.
Y LUEGO, los otros maravillosos recuerdos de Pedrito y mío son de inseparables futboleros, en los gloriosos partidos de domingos por la mañana que nos hacían enloquecer. Para nosotros, Pedrito era Periquete (su nombre de guerra infantil) la furia personificada que un día de frustrante partido rompió de un plantillazo un poste de portería en el campo del Ocho. Cierto sábado de septiembre, Periquete me llevó con él al equipo de su barrio, el San Amaro, porque se iba a jugar el Primer Campeonato de Fútbol Infantil y necesitaban refuerzos. Los curas no querían que nuestro equipo del colegio participara. Tanto el padre Montes como el padre Desiderio prefirieron en sus épocas el baloncesto. Jugar aquel torneo, alineándome con Pedrito en el San Amaro, fue fantástico para mi. Me sentía como un fichaje especial que llegaba de fuera, porque yo no pertenecía a la parroquia del Valle sino a la de Los Remedios. Nos entrenaba con mucho ánimo Alfredo, un joven funcionario del Instituto Nacional de Previsión. Competimos hasta el final con el Estrella de Africa, durísimo rival, al que, tras ir perdiendo por 0-2 en el partido decisivo, terminamos ganando (3-2), con un disparo tremendo de Periquete… y con dos golazos míos. ¡Y al final fuimos campeones!, los primeros campeones infantiles de la historia del fútbol ceutí.
ME QUEDO la pena de no jugar el último partido nada menos que en el Estadio Alfonso Murube. No debía estar en buena forma. La verdad, y perdonen la inmodestia, es que yo era un jugador muy fino, una especie de Xavi más espigado, pero tela marinera de endeble. Me tiraban al suelo con un soplo, al contrario que Periquete, recio, fibra pura, atleta duro de pelar que le pegaba muy bien a la pelota y no se cansaba jamás de trotar campo a través. Creo recordar también que Periquete vivía en unos pabellones del Ejército, cerca del campo de entrenamiento, porque su padre, militar, estaba destinado en Ceuta. Me hablaba mucho de Córdoba, donde nació (luego me enteré de que los gaditanos, como los bilbaínos, nacen donde les da la gana) y me enseñaba cromitos de la Semana Santa cordobesa. Por entonces sólo intuía de su futuro que jugaría en Primera.
Y YA TERMINO. Por Internet sé que mi amigo, que acabó su carrera deportiva como técnico en el Cádiz, echó el ancla en la Tacita de Plata, donde se casó y donde le nació un hijo al que puso de nombre Lucas, en honor de otro futbolista, Pichi Lucas, su querido compadre. Y, lo que son las cosas, ahora Pedro ya no es Pedrito, el gran lateral del Celtiña, con el que llegó a empatarle al mismísimo Madrid en el Bernabeu. Pedrito es ahora don Pedro, el padre del risueño Lucas, compañero de Andy en el famoso y exitoso dúo musical gaditano.
FIN DEL DESAHOGO. Los años de mi niñez no fueron buenos tiempos para los españoles. Pero los niños éramos los menos culpables. Por eso, íbamos a nuestra bola. O, mejor dicho, jugábamos con ella.