Vuelva usted Mañana

Padre de un dios menor

Recuerdo un brillante artículo de Mario Vargas Llosa titulado “Mi hijo el etíope” en el que describía el tipo de vida extrema que había elegido su segundo hijo, Gonzalo, que había abandonado sus estudios y se hallaba apartado de toda civilización, convertido en rastafari (seguidor del emperador Haile Selassie, descendiente directo, según él mismo, de Salomón y la Reina de Saba) y recluído en un país pobre de solemnidad donde había renunciado a comer carne, pescado y verduras, alimentándose solo de la fruta que caía de los árboles.

El escritor y su mujer, alarmados por la falta de noticias de su hijo, emprendieron un largo viaje en su búsqueda, Luego, con su maestría narrativa, nos describió el lamentable estado en que lo encontró, irreconocible, esquelético, desharrapado, melenas trenzadas y sucias, renegrido y dominado por un espíritu nihilista que le impedía hacer algo distinto a la meditación. Había dimitido como ser humano en un juvenil afán de rebelión contra el mundo, al que, no obstante, volvería uniformado con corbata para terminar como abnegado humanista de la ONU recorriendo el mundo a favor de los más necesitados.

Vargas Llosa, creo recordar –todo esto lo escribo de pura memoria y puede haber errores, aunque no en lo sustancial-, terminó comprendiendo a su hijo, como hacen todos los padres; él, además, con un añadido de ternura especial, recordando, tal vez, que su relación paternal no fue buena en su infancia.

Viene este prolijo prólogo a cuenta de que tengo un amigo al que su hijo le ha salido también “raro”, pero no rastafari, aunque podía haberlo sido, porqué no. Le ha salido “raro” porque, apenas llegado a la veintena, se ha hecho popularísimo de la noche a la mañana, es el “amo” en las redes sociales con cada vez más millones de fans, fascina a gente de toda edad, deslumbra con su talento, aparece en todos los shows televisivos, empieza a ganar dinero a espuertas y se lo comen las chicas cuando aparece en lugares públicos. Hasta el punto está triunfando que empieza a relegar a su progenitor al grandioso, pero desconcertante, título de “padre de”, derribándolo, casi, del meritísimo puesto que disfruta como figura social de gran relieve, hombre cultísimo, inteligente, creativo, triunfador, conversador amenísimo, buen esposo y, demostrado, padre ideal. Y, además, tremendamente simpático.

Esto que hacen algunos hijos con algunos padres no es que sea justo o injusto. Es sencillamente una putada. Gozosa, impresionante, pero putada. Se aprovechan del orgullo íntimo que los padres sentimos por el simple hecho de ser padres. Abusan al ver la baba que se nos cae cuando hacen algo bien hecho. ¿Le hubiera gustado a mi amigo ir a Etiopía a rescatar a su zagal de las zarpas de lo cochambroso para verlo después convertido en poco menos que un dios menor? Por Dios bendito. No ha hecho falta.

Este articulillo va dedicado, de padre a padre, y en exclusiva, a mi amigo, al que felicito (su hijo, del que soy también ferviente admirador, no necesita más felicitaciones), aunque sé que mi amigo teme que la onda expansiva de la fama de su retoño esté trastocando su vida. Que pudiera incluso minimizar de un plumazo una trayectoria de años, triunfante y ejemplar. Lo que pasa es que su sonrisa con hilillos le traiciona cuando va por la calle y la gente lo para y le dice: Joder, tío, no veas tu hijo, ¿no?

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