Podría ser muy exagerado afirmar que han empezado las deserciones de Internet. No sólo exagerado, también incierto, puesto que lo que ocurre es justo lo contrario: las legiones de internautas crecen en proporciones geométricas y, además, se nutren de personas de todas las edades, con predominio evidente de juventud e infancia. Todos los usuarios vamos camino de creer que la red nos ha atrapado, nos envuelve y nos convierte en adictos irrecuperables.
Pero, claro está, al igual que todas la tendencias mayoritarias, también ésta de la eclosión cibernética tiene sus excepciones. Y eso es lo que se produce de vez en cuando: alguna que otra excepción. O deserción. Ha ocurrido con el conocido escritor Joaquín Oristrell, exitoso productor, guionista y director de cine y televisión. Oristrell ha pedido la baja en Internet y, según le ha dicho a Montserrat Domínguez, con millones de oyentes pendientes de la charla,
permanece a la espera de que le comuniquen que ya lo han borrado, proceso que, al parecer, requiere dos ó tres semanas como mínimo.
Resulta llamativo que un creador prolífico y brillante, necesitado de datos que sólo pueden proporcionar con urgencia la red, decida abandonar el manantial y volver a la etapa anterior que tan obsoleta pudiera parecernos a estas alturas de la película. Lo anterior es la nada, el vacío, el caos, ¿cómo se las ingeniaban los escritores, los guionistas, los periodistas?, ¿cómo podían escribir, desarrollar un argumento, escenificarlo, editarlo, sin la ayuda del gran hermano de la comunicación global? ¿Cómo, en fin, este hombre decide dejar el futuro y regresar al pasado?
La verdad es que existen argumentos a su favor, puesto que se tiene constancia de que antes de Internet, en plena era de la incomunicación, se llegaron a realizar obras literarias de cierto valor, algunas buenas películas y hasta hubo gente que inventó cosas como la penicilina, el teléfono móvil o Internet. Incluso aseguran quienes lo han verificado en los buscadores que la imaginación existió antes de que las arañas se nos metieran en el cerebro. Pero esos no son los motivos de Oristrell para apearse en marcha de la nave galáctica universal. Lo que él aduce como justificación de su renuncia es el tiempo que perdía dedicándolo a la red, un tiempo para él precioso que le restaba vida y le esclavizaba profesionalmente. Un argumento bastante simple y entendible.
“Para hacer las mismas cosas que antes hacía con rapidez, ahora necesito el doble o el triple de tiempo”, viene a decir el famoso guionista, porque, añade, “se me crea la necesidad de consultar a Google y, una vez dentro, tengo que rastrear entre mil opciones y cuando vengo a darme cuenta se me han ido las horas.” Otra motivación de peso, para nuestro personaje, es la pérdida de privacidad, el riesgo de que destrocen tu imagen, la entrega pública e inevitable que haces de una parte de tu intimidad.
Internet, y eso me permito decirlo yo, se nutre y se aprovecha de nuestra insaciable curiosidad. Ese es su negocio y esa nuestra perdición.
Qué quieren que les diga. Comprendo a Oristrell, y hasta le doy la razón, aunque de momento yo me quedo. Su gesto, no obstante, debería hacernos reflexionar. Internet está bien, es funcional, ayuda mucho, pero su utilización habría que racionalizarla, porque más allá de tanta virtualidad siguen existiendo otras formas de vida. Las de siempre.
Internet es fantástico, pero como la vida o el jamón serrano, depende del uso que se le dé. Eso sí, puede llegar a ser una adicción o una fuente de entretenimiento y conocimiento increíble. En cuanto a Oristell yo no sé si es una pose. Saludos y enhorabuena por el blog.