Esta es una historia de cuando la democracia quería abrirse camino de nuevo en España, muerto ya en su cama el responsable directo de casi cuarenta años de borreguismo. La gente tenía ganas de confrontar sus ideas, de discutirlas, de contrastarlas en las urnas. Había sed de cambios, hambre de libertad. Las calles, ocupadas por manifestaciones y huelgas, amanecían sucias y alfombradas de pringosa cartelería y pasquines; las fábricas, nerviosas y en conflicto; los sindicalistas viviendo sus días de gloria y ganándose el pan. La izquierda, crecida y creída, llenaba las plazas de toros, convencida (y equivocada) de ganar a la primera. El centro era un cajón de sastre lleno de recortes ideológicos que chirriaban al rozarse. La derecha se reducía a siete “magníficos” pasados de rosca. Y en cuanto a los carcas, éstos campaban por Tejón y Rodríguez (la “zona nacional”), provistos de porras, bates de beisbol y mazas de hierro, enarbolando banderas rojigualdas con águilas imperiales, y exhibiendo, siempre en grupos, su dialéctica rancia e inapelable de los puños y las pistolas.
Una tarde llegó a la entrada lateral del periódico, en Carretera de Cádiz, un grupo “armado” de estos juveniles ultras, que aporrearon las grandes puertas metálicas exigiendo a gritos que les abrieran porque venían a “ajustarle las cuentas” al director. Se armó un buen revuelo en el patio interior. Los empleados se preocuparon por la violencia de quienes querían invadir el edificio. El personal de distribución reculó hasta la sala de rotativas. Pero hubo un hombre que no se arredró. Se llamaba Antonio, de apodo “El Ruina”, ocupaba un puesto de guarda en el diario y su trabajo anterior, el de toda su vida, era el de cabrero.
Introvertido, más hosco que simpático, estricto en su trabajo, Antonio, hombre de mirada firme, de alta estatura y de fuerte complexión, era persona de pocas palabras. Hablaba de vez en cuando con el director, cuando este bajaba a tomar un café a la máquina. Y le explicaba los movimientos astrales, que se sabía de memoria de tantas noches tumbado boca arriba en el campo mirando el cielo, Y le enseñaba los trucos para cazar conejos con un hurón, pero nunca hablaba de temas que se apartaran de su vida en contacto con la naturaleza. En su casa, en su niñez, jamás se habló de política. No sabía qué era la derecha o qué era la izquierda. Ni qué era un libro. Su felicidad radicaba en el aislamiento en que vivía recorriendo los montes entre el silencio de sus rebaños. Por eso, quizá, su nueva vida como guarda jurado, en contacto con gente que hablaba mucho y se agitaba mucho, le hacía perder los nervios.
Cuando Antonio escuchó el griterío y el alboroto tras el portalón del patio no lo pensó ni un segundo. Lejos de asustarse, abrió el ventanuco para ver qué sucedía y quiénes eran aquella gentuza revoltosa. Asomó la cabeza y les preguntó qué querían. La respuesta fue un griterío ensordecedor: “¡Decirle dos palabras al director!” Antonio les respondió. “Un momentito, un momentito, que os abro”. Cerró el ventanuco, se fue al silo de papel donde tenía la escopeta, volvió al portalón, abrió una de las hojas, apuntó con su arma a los asaltantes y dando un vozarrón impresionante, les espetó: “¡Tengo cinco cartuchos. Así que los cinco primeros no van a entrar. Cuando queráis, y si teneis cojones, tirad palante que aquí os espero!” Tras un silencio imprevisto, los jóvenes extremistas huyeron despavoridos, alejándose corriendo hasta atravesar la carretera, donde se apostaron ya sin mucha convicción.
Esta historia real, con más detalles, la cuento en el libro que preparo sobre “Sol de España. No es la única historia que tengo anotada, representativa de los nervios y las excitaciones de la transición Son anécdotas excesivas porque fue un tiempo excesivo y caliente. Se luchaba por las ideas, por la justicia, incluso aquellos que no sabían qué era la justicia ni qué eran las ideas. Hoy la democracia se ha enfriado. Y es aburrida. Quizá porque se alcanzaron muchos objetivos. Somos libres. Se puede ser de derechas y ateo, como Vargas Llosa. Se puede ser comunista y semanasantero, como Moreno Brenes. Hay libertad de expresión. Se pueden casar libremente hombres con hombres y mujeres con mujeres. Pero hemos bajado la guardia y ya no peleamos por las ideas. Ni por la participación plena de todos los ciudadanos. La respuesta de Antonio el guarda, cuando el director le agradeció que lo hubiera defendido, fue muy simple. “No zabe usté –le dijo- la rabia que me dio la chulería de esos niñatos…”
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(Artículo para “La Opinión de Málaga”, domingo, 15 de mayo 2011.)
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(La imagen que ilustra este post es del famoso fotógrafo César Lucas y significó, en su momento, un emblema de nuesrtra transición.)