Uno sabe a ciencia cierta, y no solo por diablo, también por veterano, que, periodísticamente, vale más un herido en tu barrio que veinte mil muertos en Japón. Es el eterno axioma que aceptamos con resignación porque el interés de la gente está siempre en la gente… más próxima. Tengo a la vista, en multipantalla, tres portadas de diarios escritos y en ninguno de ellos se referencia el drama horroroso de Costa del Marfil. En cambio, se resaltan noticias que son auténticas gilipolleces, o sea instranscendentes para el mundo, pero, eso sí, interesantes para la colectividad local.
La tele, si, la tele, después de las corrupciones políticas y de los titulares de deportes, se regodea con breves pero intensas escenas terribles de asesinatos masivos en las calles de Abiyan. Pero pasan en seguida porque detrás viene Libia y hay que llegar al tema de la sucesión, al de las últimas cifras del paro y a la previsión del tiempo antes de hacer la “promo” de la siguiente película.
El asesinato de una mujer española a manos de su pareja –noticia que deja de serlo por su reiteración- sigue concitando, afortunadamente, comentarios, propuestas, ideas, protestas, lágrimas y manifestaciones silenciosas para que se acabe de una vez esa maldita violencia llamada “de género”. Ni siquiera las leyes ex profeso han servido para nada. ¿Qué incita a los criminales machistas a matar a sus parejas? Celos, sentido de la propiedad personal, presunción de derecho natural sobre el destino de las féminas, educación equivocada, cualquier pretexto parece válido para dar salida al instinto asesino.
La cercanía de la víctima –porque pueda ser de nuestro país, de nuestra región, de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestra calle- hace que nos compadezcamos más. Sentimos más la rabia. Nos duele más saber que el asesino, si lo detienen, no echará raíces en la cárcel.
Pero apenas nos fijamos en lo que ocurre en distancias más lejanas. Por ejemplo, en Costa de Marfil, donde, en menos de media hora, se está matando a más mujeres y se violan a más niñas que en cuarenta años de cualquier país occidental. Eso no es ya “violencia de género”, es “odio de género”, desprecio de la vida y del dolor ajenos.
Deberíamos subvertir los valores de algunas máximas periodísticas. No siempre lo más lejano tiene menos valor informativo o interesa menos a los ciudadanos. Es triste que, por un factor de proximidad, un suceso personal ocupe el privilegio de una portada y, en cambio, una remota matanza de otros seres inocentes ni siquiera aparezca en páginas interiores.
Está claro que los tratamientos informativos no siempre obedecen a principios de ética y de justicia. En infinidad de ocasiones mandan los intereses comerciales. Hay noticias que son “demasiado lejanas” como para que sean de primera plana. Aunque sean salvajemente injustas. Como las de Costa de Marfil.