Vuelva usted Mañana

No somos país para viejos

Cuanto más viejos más felices, afirma un nuevo estudio publicado en una prestigiosa revista científica, noticia que recibimos encantados de la vida quienes nos dirigimos con mucha precaución, y sin ninguna prisa, hacia la tercera juventud. La explicación que dan los autores del trabajo es que, a medida que las personas envejecen, regulan mejor las emociones. Se produce la paradoja de que, mientras físicamente los mayores andan hechitos polvo, síquicamente se sienten mejor que nunca.

Para dar verosimilitud a este comentario debo citar las fuentes, muy fiables, que, en este caso, son dos acreditados investigadores. Por un lado, la doctora Heather L. Urry, de la Universidad de Tufts, y por otro el doctor James J. Gross, de la Universidad de Stanford. Una de las razones que aducen estos científicos es que, al ir cumpliendo años, las personas prestamos más atención a la información positiva que a la negativa, actitud indispensable para mejorar el ánimo, que a su vez es el estado ideal para superar los achaques de la edad. Dicen que la experiencia acumulada es también un antídoto contra la infelicidad, por cuanto sirve para saber, no lo que hay que hacer sino lo que no debe hacerse, que eso y no otra cosa es la experiencia. Y como argumento supremo, añaden que, contra la creencia de que nadie puede hacer nada contra sus emociones, lo cierto es que existen maneras de contrarrestarlas a determinadas edades.

Sin embargo, este estudio no invalida en absoluto la creencia generalizada de que el estadio óptimo del ser humano es la juventud, tesoro divino que, como las enfermedades pasajeras, termina curándose con el tiempo. Cuando la edad nos va pasando por encima echamos mano del estribillo favorito y decimos que nuestra mente sigue siendo juvenil; algo que, afortunadamente, no es verdad porque si a un cuerpo roto le pones un sombrero mental inexperto el resultado puede ser desastroso. Cuantos más años vive tu cuerpo más se estropea. En cambio, cuanto más se usa la mente más potente y prodigiosa se torna. (Nadie, de todas formas, quiere dejar de ser joven por muy escacharrado que tenga el hardware.)

El respeto, el culto y la admiración a los mayores han ido, desde los Neanderthal hasta los “pijos de Serrano” o los niñatos del botellón, por épocas. O por circunstancias. Los más interesados solemos argumentar ardorosamente que en las tribus primitivas el más sabio, el gran jefe, el que dictaba sentencias, no era el más guapo ni el más joven ni el más fuerte, sino el de mayor edad. Y la historia de la humanidad nos dice que, salvo excepciones, los mandamases jóvenes son los que provocan las guerras, y los políticos viejos los que restituyen la paz. Y que las grandes revoluciones de la juventud son orientadas y guiadas por filósofos y pensadores viejos. Ahí tienen a los nonagenarios José Luis Sampedro y Stephane Hessel (94 primaveras cada uno de ellos) liderando los trascendentales movimientos juveniles actuales que, o mucho me equivoco, o van a transformar a la sociedad mundial en muy pocos años. Pero todo eso parece ignorarse, porque la tendencia general es el culto a la juventud en todas las manifestaciones humanas y, como consecuencia directa, el desecho de los mayores a quienes se aparta como algo molesto, exprimido e inservible. Lo importante es estirar la juventud corporal hasta donde sea posible; evitar convertirse en un estorbo social.

Los líderes que reedificaron Europa, tras las destrucciones ocasionadas por millones de bombas en la Segunda Guerra Mundial, tenían todos ellos un denominador común: la edad provecta en la que fueron guías de las masas. Churchill, Eisenhower, Roosevelt, Adenauer, Mitterrand, Pertini, De Gaulle, todos ellos eran ancianos en sus momentos estelares de máximo poder. Por no hablar de Mao Zedong o de la caterva de supremos líderes soviéticos. A los viejos dirigentes eméritos se les llamaba para enderezar los entuertos ocasionados por los jóvenes dirigentes inexpertos. Con la crisis económica podría repetirse la historia, ¿no?

España no es ahora país para viejos, pero no ignoremos que los avances de las ciencias, las artes, el conocimiento, las ideas, están regidos, en gran medida, por los más sabios, que son los más mayores. Reconozco, en cualquier caso, que todos ansiamos que anide o vuelva a anidar en nuestro ser el dulce pájaro de juventud. Y que permanezca siempre con nosotros.

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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 28 de agosto 2011.)

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