No sé si es que los aconseja el enemigo. Pudiera ser. Cuando todo el mundo se les echa encima, cuando dan puntadas deshilachadas, cuando muestran su nerviosismo y reniegan hasta de sus históricas y gloriosas siglas, llega un listo, de los muchos que pululan alrededor del poder, y les convence de que hay que rebajar la velocidad máxima en autopistas y autovías y pasarla de 120 a 110 kilómetros. Así, de golpe y porrazo. Lo normal es que la mayoría de los conductores de autovías y autopistas, profesionales, se cabreen porque, a partir de ahora, lloverán las multas y habrá que estar más tiempo conduciendo. Pero es que, además, se están ganando otra bronca estereofónica de quienes se alegran, y lo celebran alborotadamente, cuando las cosas van a peor.
Porque aquí hay dos bandos, cada cual a ver quién nos pone las cosas más desesperanzadoras. Unos, metiendo la pata hasta el muslo. Los otros metiéndonos el miedo en el cuerpo, eso sí, sin aportar soluciones.
Acabo de oír en la radio que, de los veintisiete países que formamos esa hidra informe llamada Europa, sólo España ha decretado la reducción de kilómetros. En Alemania, por ejemplo, la velocidad en la mayoría de sus famosas autoband es libre y ha sido siempre el país con menos accidentes en términos absolutos.
Por otra parte, surgen los científicos y los técnicos autorizados que rebaten el argumento de que, con esta medida, ahorraremos mucho petróleo. El mismo Gobierno pone en duda su propio criterio cuando lo aplica temporalmente sólo para cuatro meses.
Parece mentira que, en vísperas electorales, se tomen medidas aparentemente poco pensadas que, sin embargo, proporcionan dolores de cabeza a quienes las deciden y a quienes las vamos a padecer. Y fuertes carcajadas a quienes están cómodamente instalados, sin mojarse en absoluto, sólo esperando la debacle ajena para subirse ellos al carro.
Insisto: no logro entender que pudieran estar asesorados por el enemigo. Parecerlo lo parece.