Describir, retratar, narrar el terror de las bombas, sentir de cerca el dolor y la miseria de las víctimas inocentes… ese es el trabajo de una casta especial de periodistas que viven en directo una cruel realidad, muy distinta a la que cómodamente vivimos los demás. Son los corresponsales de guerra, esa gente tan especial que, cuando no están en primera línea de fuego, dedican su tiempo libre a alertarnos para que la libertad y los derechos humanos no sean una utopía en regiones y países sojuzgados.
Tengo la inmensa suerte de conocer personalmente a unos cuantos de estos militantes de la decencia, mitad monjes mitad periodistas, con los que compartí varios cursos sobre Reporterismo de Guerra dentro de aquel gran proyecto universitario “Ciudad del Periodismo”. Y doy fe de que existe poca gente como ellos que pelee con tanta fuerza en la defensa de los derechos humanos y que conozca de primera mano lo que es el sufrimiento.
Me acabo de asomar al último invento de Javier Bauluz, único periodista español, asturiano para más señas, que posee un Premio Pulitzer, del que por su modestia y por su magnífico sentido del humor jamás se pavonea. Javier ha ido a todas las guerras habidas y por haber, las cuenta a través de su cámara y después se va a la Universidad a decirle a los niños periodistas cómo hay que retratar la podredumbre. Pero todavía le da a tiempo a hacer más cosas. Por ejemplo, ser el primer firmante del Manifiesto sobre Periodismo y Derechos Humanos que redactó con otros compañeros y que sigue recibiendo adhesiones de todo el mundo.
Y ahora ha creado, junto a unos magníficos periodistas como él, un periódico digital llamado periodismohumano.com del que no es necesario decir qué temas trata. Merece la pena visitarlo. Es más, todos los profesionales de la información deberíamos echarle más de un vistazo por más que sus contenidos rasquen nuestra conciencia. Especialmente recomendado a quienes empiezan, a quienes estudian la carrera, a quienes creen de verdad que, también desde el frente periodístico, se puede echar una mano a los que sufren el abuso de los más fuertes, simplemente señalándolos.
Cito de memoria a algunos de mis amigos de la especialidad: Javier Bauluz, Olga Rodríguez, Ramón Lobo, Gervasio Sánchez, Bru Rovira, Fran Sevilla, Fernando Mugica, Mónica G. Prieto, Mercedes Gallego, Pascale Bourgeaux. Fue una experiencia memorable oirles. No pudimos contar en aquellos cursos, y bien que lo lamento, con Arturo Pérez Reverte ni con Manu Leguineche, el jefe de la “tribu”, por entonces aquejado ya de dolencias que le impedían viajar.
Por decirlo en términos futboleros, estos reporteros, que arriesgan su vida para informar de las barbaridades de la guerra, y de otras atrocidades que ocurren en territorios de paz engañosa, juegan una liga distinta a la que jugamos los demás. Conviven con el horror, conocen de cerca la mala sangre que tiene el primer jinete del Apocalipsis, pero eso no los aparta, al contrario los sensibiliza más, de su lucha por los derechos del ser humano. Un auténtico orgullo para la profesión periodística.
(En la foto, Javier Bauluz, nuestro Pulitzer)