Cuando los amigos sufren, ahí debe estar uno, compartiendo su dolor. Y cuando son felices, son ellos mismos quienes hacen que tú también compartas su alegría. Esa es la amistad, creo yo. Mi suerte es que la mayoría de mis amigos son periodistas como yo, y eso, quiera que no, sobre todo en casos especiales como el que me ocupa hoy, une mucho, en la cercanía y en la distancia, en la salud y en la enfermedad y mientras la vida nos mantenga unidos.
El amigo del que hablo, según su propia confesión, es un hombre feliz. Ha dejado de estar activo profesionalmente porque, fotografiando el mundo desde que era un crío, su cuerpo se resintió de tanto periodismo agotador, pero está más vivo que nunca gracias a un carácter serrano, jovial, cariñoso, de auténtico contacto, del que, por cierto, debes protegerte rápidamente cuando estás al alcance de sus manos.
A mi amigo le hicieron sus compañeros un homenaje recientemente. Cuando le tocaba hablar abandonó el atril y se fue a mear. Se sentía abrumado porque no ama la oratoria y se justificó con una ocurrencia propia de su impúdica y nunca abandonada travesura infantil. Dijo, sin importarle nada la presencia solemne de seriotes capitostes, que cada uno suda por donde puede. Después, sí. Después habló con un dominio total de su expresiva espontaneidad de pueblo. Lo primero que soltó fue eso: Soy feliz. Y dirigió su mirada limpia a quien encarna de verdad su felicidad.
No sé cuántos años han pasado, mejor es no contarlos, pero el caso es que aquel joven imberbe y nada tímido al que fiché como fotógrafo para “Sol de España”, sigue siendo hoy, algunas décadas después, el mismo niño que en un ayer ya lejano aprendió de su padre las dos virtudes esenciales de su vida: el oficio y la honradez. La tarde en que entró en mi despacho percibí que tenía las entendederas abiertas, que podía hacer de él un buen profesional sin vicios (profesionales) adquiridos, pero no imaginé que, por talento, por talante, llegaría a pertenecer al reducido grupo de privilegiados que son llamados y elegidos para congelar los instantes claves de la historia de las noticias.
Siendo jóvenes los dos, él algo más que yo, vivimos, a bordo de una hermosa nave periodística llamada “Sol de España”, singladuras profesionales difíciles de olvidar, y viajamos ilusionados por los pueblos de la provincia, por la variedad de la Andalucía que empezaba a redimirse, por la España que se adentraba en la libertad, por la deslumbrante Europa que se nos resistía y por los gritones estadios de Primera. Y siempre, en todas las ocasiones (él enmarcando los hechos y yo tratando de explicarlos) compaginábamos a la perfección la obligación primera de hacer bien nuestro trabajo y la devoción siguiente de celebrarlo en su justa medida. Después, se dedicó a volar por esos mundos de Dios, siempre en primera clase periodística, nada menos que con la Agencia Efe. Y atesoró premios y reconocimientos.
Es raro, ¿verdad?, eso de ser profeta en la tierra de uno. A la gente se le suele reconocer el mérito cuando desaparece, pero a mi compadre se lo están reconociendo muy justamente ahora que vive tan ufano y tan saludable. Primero fue un homenaje de compañeros. Y ahora la medalla de oro de la provincia que, para su mayor gloria, se la han impuesto en su pueblo, rodeado de toda su gente. Esa es otra razón divina por la que tiene que sentirse muy feliz, como nos sentimos sus amigos.
Tanto peso tanto tiempo sobre su espalda lo ha apartado del trajín demasiado joven, pero puedo decir de él, porque lo conozco bien, un par de cosas más. Una, que el objetivo que lleva incrustado en sus ojos curiosos, como le ocurre a otros grandes colegas y amigos suyos (Manolo Barriopedro, Raúl Cancio, Pablo Juliá, por citar a algunos muy laureados que también yo conozco) no se cansa jamás de escudriñar la realidad de su entorno. Y otra cosa es que, en su caso, igualmente, la profesión va por dentro.
Es de Ronda y se llama Rafael Díaz.
Rafael Díaz sigue siendo la gran referencia del fotoperiodismo. Magnífico post, Rafael. Y el viernes (a las 19 horas) y el sábado (a las 13 horas) hay que escucharte en Prensa FM (107.0 del dial) hablar del mítico periódico Sol de España.
Rafalito, como yo le llamo –y él no se molesta–, es un monstruo. Una vez, en una feria de turismo en Berlín, él trabajando para Efe y yo enviado especial de La Opinión, le pregunté, a primera hora de la mañana:
-¿Cuántas fotos mandas hoy a Efe, Rafa?
-Dos.
En seguida le dije, pensando que me pasaba yo de listo:
-Pero tirarás cientos, ¿no?
Y el muy cabrón me respondió:
-No. tiro dos.
Hizo clic y clic, seguidos, en diez segundos. Una mulata de gran ver con las palabras ‘Andalucía ist einmalig’ detrás, y una del consejero de Turismo.
-Hala, ya las mando y me voy a ver Berlín -me dijo-.
Eran las once la mañana. No volvió por la feria. Esas dos fotos fueron portada al día siguiente en toda Andalucía.
Nunca he conocido un fotógrafo que se haga querer más.
Rafael, el blog es cojonudo. Me haré asiduo. Un fuerte abrazo.