Siempre que escribo de fútbol se produce alguna desafección en la nómina de mis amigos lectores. Lo siento y lo comprendo porque es lógico. El fútbol, para quienes no lo sienten, es asfixiante. Pero, bueno, por otra parte, mis posts sobre fútbol refuerzan los lazos de complicidad con otros aficionados, seguidores del blog. Incluso detecto en las estadísticas la llegada de nuevos adictos, no solo del país que habitamos sino también procedentes de la futbolera América hispana.
Tenía que escribir de Pelé, felicitarle por su septuagésimo aniversario, y, aunque en otro artículo de mis “Crónicas mundialistas” cuento algo de mi encuentro con él, en Londres, lo más rápido ha sido acudir a uno de mis libros (escritos) nonatos –“La Religión del fútbol”- y entresacar algunas de las cosas que escribí hace una pila de años y que duermen en un rinconcito del disco duro esperando que algún día me dé por actualizarlas y sacarlas a que les dé el sol. No he necesitado en absoluto recurrir a Internet. Qué bien.
El fútbol está hecho de una pasta especial, la pasta de los figuras, que es como la levadura y la sal de las buenas baguettes, y después, una capa por encima, está hecho de otra materia más espesa y más abundante: la de los peloteros que completan las alineaciones, héroes de un domingo o de cien, víctimas de una popularidad efímera plasmada en amarillentos recortes de los que vivirán toda la vida. Y, a un millón de años gol, brotados milagrosamente de los barrios periféricos de Argentina, Brasil, Holanda, brillando por encima de la galaxia de estrellas, idolatrados por todas las tribus del tiro a puerta del universo mundo, justo en el núcleo del átomo del fútbol, están los superhéroes que la selección natural de las especies del balón cuenta cicateramente con los dedos de una mano. Ellos son los dioses de esta nueva religión, uno de los cuales es el protagonista de mi artículo de hoy. Los otros tres ya saben mis lectores aficionados cuáles son: Di Stéfano, Cruyff y Maradona.
Nacido en el pueblo de Tres Corazones en el interior del Estado de Minas Gerais, el 23 de octubre de 1940, Pelé, coronado posteriormente por la afición universal como el Rey, fue jugador de Primera División con 16 años. Y con 17 debutó en la selección nacional. Su club de siempre, el Santos, consiguió la fama mundial por contar en sus filas con él. También jugó, ya de retirada camino de los altares y en plan exhibición, en aquel Cosmos que, como su mismo nombre indica, fue una especie de galaxia de las viejas y grandes glorias del mundo prestas a enseñar a los americanos cómo se trenza un encaje de bolillos con un balón de cuero. La lista de trofeos de Pelé es la lista del más grande de los dioses del fútbol: Once veces campeón de la Liga Paulista, cinco Copas de Brasil, dos títulos de la Copa Intercontinental, otros dos de la Copa Libertadores, campeón de Estados Unidos y, ¡a ver quién da más!, tres Campeonatos del Mundo con la mítica Selección Brasileña (1958, 1962 y 1970). Su récord goleador se asienta en una cifra increible: 1.283 goles. En la memoria colectiva de los degustadores de la belleza futbolística quedaron registrados para siempre los goles milagrosos, los malabarismos, las paradinhas, las jugadas imposibles, todo el repertorio antológico y mágico de un dios negro al que sus adoradores nunca olvidarán.
A mí siempre me maravilló que un dios surgido de las favelas miserables del hambre y de las arenas doradas del balón, tuviera un nombre tan altisonante, Edson Arantes do Nascimento, simplificado en los evangelios del fútbol como Pelé. Se lo dije el día que tuve la ocasión y la felicidad de hablar con él, últimos noventa, lejos ya de sus tiempos de magia negra, cuando Pelé era la bandera turística de Brasil y se exhibía, dentro de un enorme stand de color amarillo samba, como el gran atractivo en la World Travel Market, una de las Ferias de Turismo más importantes del mundo. Los ingleses formaron largas colas para adorarle en aquel stand y para pedirle autógrafos. Allí le conté mis emociones sobre su fútbol, aquel partidazo del Bernabeu, año 66, vísperas del Mundial de su lesión, enfrente el Atlético de Madrid de Martínez Jayo, ensayo letal, partido benéfico de la Asociación de la Prensa, aquel gol de penalty con paradinha a un desconcertado Rodri, la reacción fulgurante con un cero dos inesperado, los cuatro goles de diseño fabricados en unos minutos para evitar mosqueos innecesarios de su torcida que iba también camino de Londres y que yo tenía junto a mí, gritona y contagiosa. Le solté, ya digo, mis emociones, y la de aquel entrenador de Segunda División, Carlos Galbis, compañero mío de asiento en las gradas del estadio madrileño, que miraba arrobado al campo y levantaba su mirada al cielo y daba gracias a Dios por poder morirse tranquilo habiendo visto el fútbol de más kilates de toda la orfebrería del balón, pena grande que aquella exhibición con el estadio lleno no hubiera sido televisada para mayor gloria del dios negro. Le transmití mis recuerdos vibrantes viendo a Garrincha driblar a los defensas sin tocar el balón, sin mover los pies, sólo quebrando la cintura, atento y concentrado en la figura de su jefe Pelé. Le hablé de aquella noche de Málaga, aquel Trofeo Costa del Sol, aquel viaje accidentado de veinte horas en avión, vía Nueva York, barba de dos días, cansancio de mil temporadas, todos sus compañeros del Santos extenuados, ojerosos, temerosos de no poder darlas todas, aquel compromiso ineludible, aquella cláusula jodida de tener que alinearse el Rey sin fuerzas, veinte minutos sobre el terreno de La Rosaleda, dos genialidades, dos toques mágicos, cuatro pasavolantes, cualquier pretexto para cumplir.
Y él me contó sus recuerdos de España, que eran los mismos que los míos, y su amor por el fútbol español, y nos hicimos una foto para el album de mis mitos. Los mil doscientos no sé cuántos goles de Pelé, aquel pretexto televisivo de un primero de mayo del Régimen para retener en casa a los obreros amantes del fútbol, fueron, en verdad, la trayectoria única de un jugador único. Nunca nadie antes, nunca nadie después, golearía más y mejor a paso de samba, a ritmo cardíaco, con arte puro. De entre los cuatro dioses del Olimpo futbolístico, cada aficionado del mundo adora a uno más que a los otros tres. En mi caso también hay partidismo. Pelé fue, es y será mi dios preferido, aunque, rendido a la estética, nunca dejaré de reconocer que sus otros tres compadres celestiales me han hecho sentir el placer divino de saber qué es el fútbol total. (Debo añadir que hay por ahí un pequeño aspirante a quinto dios del arte del fútbol, que, a lo mejor, sube al Olimpo y se queda allí para la eternidad.)
Edson Arantes do Nascimento, alias Pelé, coronado como O Rei y entronizado como dios, se retiró del fútbol, que no de la gloria, el dia 1 de octubre de 1977.
Querido Pelé: Felicidades en tus 70 cumpleaños. Y gracias por habernos hecho tan felices con tu fútbol único.