Cuando en 1980 la periodista Janet Cooke fue galardonada con el Premio Pulitzer por un reportaje titulado “El mundo de Jimmy”, que contaba la escalofriante historia de un niño de ocho años adicto a la heroína, nadie pudo imaginar que se trataba de una gran mentira, totalmente inventada y recubierta de detalles lacrimógenos. Fue un escándalo que dejó al descubierto la debilidad de olfato de los grandes jefes periodísticos de “The Washington Post”, engañados con suma facilidad por una muchachita con ansias de gloria. El mítico Benjamin Bradlee, viejo zorro del periodismo que había dirigido los trabajos de los reporteros Woodward y a Bernstein en el Caso Watergate, no sólo se creyó de principio a fin el truculento reportaje de Janet, sino que incluso decidió que debía arrancar en primera página, cadena de errores de la que no ha dejado de lamentarse jamás. La periodista Janet tuvo que devolver el Pulitzer tras reconocer que todo el reportaje era una mera invención. Infinidad de ciudadanos habían llegado a estremecerse de dolor por la historia de aquel niño desgraciado… que nunca existió. García Márquez, impresionado por el relato, coronó así un artículo en “El País”: “…No habría sido justo que le dieran el Premio Pulitzer de periodismo, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura”, tal era la entidad imaginativa que el gran Gabo concedía a la impostora. He recordado este hecho periodístico porque creo que es un ejemplo emblemático de mentira arriesgada. La actualidad, como se sabe, está llena de mentiras, unas más gordas que otras. Hay también mentirijillas que no pasan de ser simples travesuras periodísticas. Conozco, y creo que tengo contada, la anécdota de un periodista que, conversando con unos compañeros en la puerta de su periódico, vio cómo un cerdito caía al suelo desde la carga de un camión y cómo el conductor se bajaba tranquilamente, recuperaba al animalito, lo devolvía al interior y continuaba su marcha sin más incidencias. Eran tiempos de hambre y no había apenas noticias que enviar a la agencia, de forma que nuestro personaje dejó con la palabra en la boca a sus colegas, se fue volando al teléfono y transmitió a Efe una información que arrancaba así: “Encarnizada persecución de un cerdo por las calles de Ceuta”. Una mentira de verano como tantas y tantas que surgen cada agosto.
En otra ocasión, cuatro tipos más o menos importantes y sin escrúpulos se reunieron en una isla, convocaron a la prensa, se hicieron unas fotos y contaron al mundo una bola intragable para justificar una invasión y una guerra. Esa sí fue una mentira arriesgada. Letal. Inolvidable. A medida que la comunicación abre nuevos canales y la tela de araña va cubriendo toda la faz de la tierra, las mentiras crecen, se multiplican y se especializan. Ahora existen mentiras políticas, sociales, culturales, deportivas, de ocio, de andar por casa; mentiras que se asimilan y se aceptan con naturalidad como si fueran dieta obligada de convivencia en una sociedad moderna.
Quién no ha mentido nunca… Yo mismo tengo en mi haber una pequeña mentira periodística, aunque mi intención fue buena y todo lo que escribí era cierto. Tendré que explicarlo. Fue un trabajo que publiqué acerca del magnífico escritor Martínez Garrido, muy amigo mío, mi director en “El Faro” hacía años, ex compañero tiempo atrás en el equipo fundacional de “Sol de España” y muy de moda por entonces. Tenía en su haber el Premio Nadal y triunfaba como periodista en el mejor periódico de España. Nos veíamos después de un tiempo y me comentó cosas muy interesantes. Al final de la charla, le dije: Alfonso, quiero hacerte una entrevista. Y él, displicentemente, me contestó: Invéntatela. Y con esas mismas palabras terminé mi entrevista. Le gustó tanto y le hizo tanta gracia cuando la leyó, estando ya en Madrid, que poco tiempo después me copió el invento y publicó en “Pueblo” otra (excelente) entrevista inventada. Estarán conmigo en que tampoco en estos casos se trataba de mentiras peligrosas. Pero hay algunas otras que sí lo pueden ser. Por ejemplo, la gran mentira que se está tejiendo sobre los culpables de la crisis. (Doy por hecho que, aunque también sufrimos crisis de valores esenciales como son los principios, el honor, la dignidad, los lectores saben muy bien que me refiero a la crisis económica.) Están empezando a propalar que el único culpable de la debacle que nos aflige es el pueblo, porque participa del sistema que le da oportunidades. Como si no supiéramos que el sistema son ellos, unos cuantos, que se forran a nuestra costa, que se inventan todas las oportunidades del mundo para ellos mismos y que nos engañan con tremendas y arriesgadas mentiras. Qué poca vergüenza tienen.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 14 marzo 2010)