Estoy ante una mañana primaveral de otoño, típica malagueña. El sol, derrochando luz y energía, se está colocando poco a poco en todo lo alto. El mar, ahí abajo, rizado de frío, brillante, calmo, completa el decorado más natural y eufórico del mundo. Nada tan estimulante como un dia de sol sin los agobios del calor estival.
Es fecha constitucional y diciembre corre que se las pela en busca desesperada de un nuevo año que no resulte tan dramático como el que se va. Echas un vistazo al horizonte que hay tras los cristales y te propones rápidamente andar, correr, paseo marítimo adelante. Las bicicletas son también para este tiempo. Hay gente en la playa, pero no mucha. Las veo abrigadas, cerca de la orilla, como atesorando en su mirada fija lo que la mirada dejará escapar en cuanto acabe el puente y vuelvan a la meseta. Se recorta no muy lejos una silueta blanca, majestuosa. Es un trasatlántico rumbo a la felicidad. En la arena, algunos bravos forasteros se han descamisado para calentar su cuerpo con rayos bronceadores. Otros muchos, igualmente afortunados, familias enteras con niños y abuelos, buscan refugio en las delicias gastronómicas de los chiringuitos.
Regreso inmediatamente a mi futuro. Cara a cara con la pantalla en blanco, intento juntar dignamente una palabra con otra para estar a la altura de la gente buena que me sigue. Tendré que contar algo con un mínimo de interés. No tengo pretextos. Hace un día de lujo. Todo invita al optimismo. Pero es difícil ser optimista en medio de la que está cayendo. He leído los periódicos, he visto los informativos. ¿Qué hago entonces? Estoy empeñado en escribir lo que sea para homenajear a mi gente y a este martes glorioso. No sé…
¿Qué tengo que hacer para ser escritor?, le preguntaba un joven estudiante a un autor consagrado. Sencillamente, le respondía éste, escribe sólo cuando tengas algo que decir.
Reconozco que hoy he sido vencido por la luminosidad de un dia de cine. También reconozco que me gusta.
Todas las mañanas busco en mi correo electrónico la alerta de tu nueva columna. Entro en rafaeldeloma.com. Una sonrisa entre malévola e irónica se me dibuja en la cara y la curiosidad vence a la pereza generada por otras tantas letras juntas. Y tu optimismo vital pone en orden a mis neuronas, que se rinden a los pies de tus reflexiones, de tus percepciones y de tu experiencia. Siempre tienes algo interesante que transmitir. Siempre es un placer seguirte, Rafael.
Me pones colorao, chiquillo. Qué generoso eres siempre conmigo, Miguel Angel. Me estimulas enormemente. Un abrazo fuerte, muy fuerte.