Aprovechando los tediosos días navideños, propongo un manual para despertar vocaciones periodísticas interesadas. Díganme quién no ha querido ser periodista alguna vez. En cambio, qué escasitos somos los vocacionales del tajo sacrificado. Definición virtual de periodista: privilegiado ser, siempre de fiestas, que se tutea con poderosos y que cobra por opinar de lo humano y de lo divino, incluso sin tener ni pajolera idea de lo que habla. Algunos, insultando y desgañitándose, llegan a ganar más que los políticos, que ya es ganar. No se lo piense. Pertenece usted, casi seguro, al nutrido ejército nacional del desempleo o está a punto de militar en él, o trabaja a salto de mata y sólo gana para mal vivir. No lo dude. Conviértase en periodista sin serlo, porque para usted también vale el “yes we can”. Me explico. Podrá beneficiarse de la parte buena del periodismo y rechazar la mala. Aspecto negativo: un montón de horas para perseguir la información, redactarla o presentarla; aguantar bilis de jefes histéricos y, como premio final, puteo general con nómina escuálida. A eso, un no rotundo. Si no tiene un pelo de tonto (como demuestra al estar aquí y ahora siguiendo mis consejos), debe optar por la parte buena, que proporciona opíparos beneficios. Y si no alcanza grandes dividendos, nadie podrá quitarle la felicidad interior al ver la cara amarilla de envidia que se le pone a su cuñado.
Primer consejo: escriba ahora mismo una carta al director del periódico. Quéjese de problemas nuevos como la corrupción, la crispación, los abusos del poder, la telebasura, o de viejas cuestiones como la cara que tienen endiñándonos solares para saldar deudas históricas; el transfuguismo político; el racismo, la alarma social, las corridas (sólo las de toros)…Fíjese si hay temas para escribir al director. Y, ¡hala, ya puede decir que escribe en los periódicos! A continuación llame a cualquier tertulia radiofónica. Eso sí, un poquitín de paciencia. Tras unas cuantas horas de unos cuantos días le dirán que hable un minuto. Como es persona espabilada, no voy a recitarle de nuevo la lista de temas (tendría gracia que tuviera que repetírselo otra vez), porque, sépalo bien, el capitulo cuarto de la Constitución que nos dimos los españoles (no olvide resaltar “que nos dimos los españoles”) recoge el derecho inalienable que tenemos los ciudadanos a expresarnos libremente. Una vez puestos firmes Carles Francino, Juan Ramón Lucas, Carlos Herrera, Julia Otero y todos esos “enteraos”, ya podrá presumir ante amigos y enemigos, porque, eso sí, si quiere ser periodista sin serlo tendrá que pechar con algunos enemigos. (Hay un sistema más directo, que solamente se lo digo a usted, para que no le cuestionen su profesionalidad sin tenerla. Sea periodista de la Prensa extranjera. Elija un periódico inexistente muy remoto o incluso de más lejos. Invístase como corresponsal para su Comunidad Autónoma… y a ejercer.) Enhorabuena. Ha dado los primeros y decisivos pasos. Ya es periodista sin serlo de Prensa y de radio. El tercer y más lucrativo asalto, es la tele, así que, como diría Chiquito, ¡al ataquel! Si diera la casualidad, que se da mucho, de que usted ha ascendido al cielo de la fama por vía directa (toros, fútbol), por herencia (es usted un supuesto hijo ilegítimo del primo tercero de Paquirrín), por vía consorte (es usted marido o mujer, novia o novio, pareja o ligue, concabrón o concabrona, compañero o compañera del tio de la suegra de Borjita Thyssen), o por vía de la cara dura, que es la más transitada, entonces ahórrese todo lo anterior. No se moleste en escribir cartas estúpidas que irán a la papelera de la secretaria del director; no se pase las horas generando dividendos a la Telefónica, para que, después de balbucear nerviosamente tres palabras entrecortadas, se mofen de usted los listos de los tertulianos con sus carcajadas a micrófono abierto; no se haga corresponsal de una publicación extranjera porque no se lo creerá nadie y será usted el cachondeo de su cuñado. No haga gilipolleces. Por el simple hecho de ser famosillo, o popular, que no siempre es lo mismo, usted ya se tiene ganado el puesto de periodista sin serlo. Podrá arreglarse esa nariz tan fea. Y forrarse a costa de la operación. Les supongo convencidos de que este manual, producto de sesuda investigación, no es un mero divertimento para reírnos juntos de nuestra descacharrante profesión. Nada de eso. Es mucho más didáctico y enjundioso, y tiene más capítulos, pero aquí no caben. Lo siento.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 20 diciembre 2009)
Es toda una verdad. Los programas de telebasura están de moda y todos esos pseudo periodistas se forran insultando al personal, pero lo peor no es eso, lo peor es que a los presentadores de esos programas le dan premios. ¡¡¡Una nueva forma de ser periodistas!!!
Al escuchar ayer que el 40% de la audiencia estaba viendo el cambio de look de ese personaje he alucinado. ¡Vivir para ver!
Hay una cosa en la que hemos de coincidir:al periodismo lo mataron las audiencias y la falta de cultura de este país. No es lógico que importe más a la ciudadanía el apéndice nasal de una señora, que lo acontecido con Aminetu Haidar. Que se haya mediatizado algo tan grave como la operación Malaya hasta el punto de que sea de más relevancia con quién se acuesta Julián Muñoz, que el hecho de que se sepa donde esconde el dinero “sustraido” del consistorio de Marbella. Yo me pregunto de quieén es la culpa: ¿de los periodistas?, ¿de los políticos?, ¿de la ciudadanía?, ¿de la judicatura? No lo sé. Lo que sí recomendaría es leer más y ver menos televisión, aunque sea por higiene mental y por abrir nuestra mente, hacerla libre y desarrollar nuestro vocabulario; puesto que solo de esa manera podremos contribuir a opinar y empujar a nuestra sociedad hacia el lado correcto. Siendo objetivos y teniendo criterio propio las narices ajenas nos importarán eso… unas narices; ya que la televisión aliena a propios y extraños, a quienes la utilizan y a los utilizados.