Hay magnates, hay diletantes y hay periodistas. La viña mediática del Señor es amplia y variada. Periodistas que no leen la prensa escrita. Magnates que controlan periódicos, radio, televisión, Internet y todo lo que se menee en comunicación. Y reporteros y profesionales de verdad, gente que sufre para informar pero que afronta su profesión como una forma de vida plena.
¿Cómo es posible que existan periodistas que no leen prensa escrita? Muy sencillo. No son periodistas. Son fanáticos de las tecnologías, puede que hasta licenciados en Periodismo, pero no serán periodistas. Engrosarán la legión de iluminados que disfrutan como enanos con las nuevas herramientas que proporcionan la revolución virtual. Harán virguerías irreales, equilibrios en la red, vivirán adosados al ordenador. Pero no harán periodismo. Dan por finiquitada a la prensa de papel, ignorando que ésta, como los gatos, tiene siete vidas y que lleva ganadas muchas batallas (a la radio, a la televisión, a lo que venga) y que sigue liderando la opinión pública, las líneas editoriales, la influencia de poder, por encima, y marcando la pauta, de los restantes soportes mediáticos, incluidos los más revolucionarios y virtuales. Nada se mueve en política, por ejemplo, sin la opinión impresa, eso se demuestra cada día. (Sin dejar de reconocer que hay crisis transicional). Si esa gente no lee la prensa de toda la vida no es que la prensa no tenga interés, ya digo, es simplemente que ellos juegan a los marcianitos.
Otra fauna que envenena el mundo de la comunicación, pero ésta de gigantescas proporciones y repercusión, aunque con muy escasos protagonistas, es la de los magnates de la manipulación, jerifaltes máximos de los grandes trusts mediáticos, monarcas universales de la comunicación que influyen en los pueblos hasta el punto de que parece que gobiernan impunemente, sin necesidad de pelearse por los votos. Llegan en ocasiones a ser dueños de la historia, que ellos mismos se encargan de escribir. Ponen a sus pies a los políticos vendiéndoles “protección” mediática y modelan a su antojo los gustos de las gentes.
Se mueven a sus anchas en un terreno de juego que les da todas las oportunidades: el territorio de la democracia. No quieren dictaduras porque en ellas no pueden detentar su influencia de poder. Necesitan de las confrontaciones políticas, de los escándalos financieros, de las dificultades de los ciudadanos, de los enfrentamientos entre países. Hasta provocan conflictos bélicos en bien del negocio. William Randolph Hearst (el “Ciudadano Kane”, de Orson Welles) “obligó” a Estados Unidos a declarar la guerra a España para vender más periódicos. Se sentía feliz con su imperio: “El poder de un periódico –decía- es la mayor fuerza dentro de cualquier civilización”. Pulitzer, creador del amarillismo –del que quiso redimirse creando la primera escuela de periodismo y unos premios al buen quehacer-, o, en versión moderna, Murdoch, Berlusconi y otros pájaros de cuenta de antes y de ahora (que todos conocemos), son ejemplos igualmente de la impudicia del poder mediático omnímodo. Mienten, espían, practican escuchas ilegales, compran voluntades, corrompen, con el objetivo obsesivo de ser los primeros, los que más venden, los que más influyen. No serían nadie ni nada sin las asfixias que provocan en el pueblo.
Mientras unos valientes reporteros se juegan la vida informando desde los frentes de guerra, en el fragor del bombardeo, de las matanzas, del silbido siniestro de las balas que rozan sus cascos, un señorito vestido elegantemente e instalado confortablemente en un suntuoso despacho, decide, según audiencias o intereses especulativos, que esas primicias obtenidas con sudores y con sangre (a veces con la muerte), se minimicen, se exageren o se silencien, en función de otras noticias como un crimen casi inventado, adornado con atroces patrañas.
Suerte que, frente a la basura que ofrecen los magnates –desenmascarados al final por su irrefrenable avaricia- y frente a la hostilidad de los apóstoles de lo nuevo (obsesivos futuristas con vocación de enterradores) y del pasotismo de los diletantes que quieren ser periodistas sin conocer el periodismo; frente a tanta desgracia proliferada; suerte, ya digo, que ahí andan, abnegados y constantes, silenciosos y eficaces, valientes y discretos, los periodistas de siempre, los que conocen el oficio, los que aprendieron que lo más importante no es el soporte sino el hacerlo bien, los que mantienen encendida la llama que nunca se apagará.
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Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 7 de agosto 2011.
Ahora lo que mueve es el santo dinero. Por desgracia come terreno y tenemos lo que hay. El talento no se paga y lo vemos en casi todos los ámbitos.
Saludos desde Nueva York.