Vuelva usted Mañana

Los sindicatos necesitarían a gente como Guardiola

A lo largo de la historia reciente, el movimiento obrero español, organizado en torno a sindicatos de clases, consiguió, no sin sangre, no sin sacrificios, no sin persecuciones mortales, que los trabajadores, al menos en una parte del mundo, dijéramos adiós a la explotación del hombre por el hombre, a la jornada de sol a sol por un plato de sopa, al hambre y la miseria social y alcanzáramos derechos laborales: horarios razonables, descanso semanal, seguridad social, subsidios de desempleo, vacaciones, pensiones de jubilación, logros todos ellos que jamás nos hubieran sido concedidos sin lucha frontal contra los terratenientes, los poderes arcaicos y los dueños del dinero, que, por cierto, siguen siendo los mismos aunque ahora tengan que transigir a convenios y condiciones no humillantes de contratación. A los sindicatos, a la valentía de sus hombres que sufrieron encarcelamiento incluso todavía en años que algunos hemos vivido, a ellos, y a los dirigentes políticos que se identificaron con tales reivindicaciones, les debemos ese privilegio de vivir en un territorio donde se reconoce, aunque no se termine de valorar en toda su medida, la aportación del cincuenta por ciento que representa la clase trabajadora en el binomio capital – trabajo. Reconozcamos el mérito.
Pero desde que España alcanzó el llamado estado del bienestar –que ahora es desenmascarado como un peligroso impostor que nos ha llevado a la ruina- el músculo sindicalista pareció dormirse, sus dirigentes parecieron apoltronados, acomodados a la olla gorda, a las subvenciones de los gobiernos de turno, a las grandes sedes, a las estructuras de empleados, a limitar sus protestas a apariciones contínuas en tertulias televisivas. Es como, si contagiados del “bienestar del estado”, hubieran relajado sus defensas frente al avance imparable de las avaricias de banqueros y especuladores. Como si se hubieran dedicado más a enfrentarse entre ellos mismos que a plantar cara a los abusos que condujeron a un aumento galopante del paro. Y con esas pintas les ha llegado la debacle y se han quedado en paños menores ante una situación que debían afrontar bien pertrechados de argumentación y firmeza.
Sus últimos coletazos, las huelgas generales, fueron más, creo yo, por agravios y rencores personales y por no dejar que la derecha se escapara de rositas (lo que hubiera sido el colmo de los papeles cambiados), que por razones de necesidades sociales. Resulta poco edificante que quienes, por esencia, tienen como principal misión la de defender a los trabajadores, y tras quedar lamentablemente demostrado que los que juraron defenderlos a todo trance han roto sin explicaciones, sin buscar fórmulas alternativas, su promesa y su compromiso, hayan creado una sensación de orfandad y de rabia contenida que se ha alojado entre el grueso de los trabajadores, entre la masa millonaria de parados y entre los empleados del Estado. Ahora lo quieren arreglar con amenazas de huelga general, fallida su convocatoria en la huelga de funcionarios. Pero no sé si llegan tarde. Tendrían que haberse movilizado, creo, cuando se inició la crisis económica y financiera mundial, cuando se olía la llegada de malos tiempos. Tendrían que haber hecho masa con las federaciones sindicales europeas, haber presionado en la UE para que los recortes no se hicieran por el lado más débil, haber demostrado estar alerta ante el peligro inminente de desastre, maldición que siempre viene a recaer sobre los mismos… los mismos, a quienes ellos dicen representar. Pero estaban ocupados en heredarse unos a otros como las autoridades; en creerse un poder más del Estado, en vivir del prestigio de un pasado glorioso –sí, glorioso, pero pasado-, en representar un papel “oficial” que no les corresponde, en disimular su posible aburguesamiento con discursos ficticios ante las cámaras y con pancartas delante de escuálidas procesiones callejeras.
Reconociéndoles y admirando su trayectoria heroica, no pretendo culpabilizar de la crisis a los sindicatos, dios me libre, porque los verdaderos culpables de la miseria que se nos ha venido encima son los amos de la pasta y sus corifeos políticos, que continúan ahí, inamovibles. Lo único que señalo, en tiempo de símiles futbolísticos, es que, esta vez, les han pillado en fuera de juego. Y en fuera de juego es difícil meter goles a los duros cancerberos del auténtico poder. Necesitarían gente como Guardiola, que tirara de cantera, para, por lo menos, no perder definitivamente el partido.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo6 13 de junio 2010)

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