Salvo el marcador final –ansiado por los culés, pero tan imprevisible como justo-, el espectáculo resultó tal y como yo pensé que resultaría: infinitamente superior a la expectación y al morbo prefabricados durante meses por los medios de comunicación. Una parte sustancial de los “creadores de ambiente” capitalinos estaban convencidos de que los blancos ganarían. Quizá por eso los blancos salieron al césped con cierta convicción de que continuarían invictos esta temporada. Su error, derivado de la falsa confianza imbuida por los profetas cantamañanas, -y quizá también por una actitud chulesca, provocadora y reprobable de su mandamás técnico- fue menospreciar el espíritu de equipo del mejor equipo del mundo.
Al final, desprovisto de preámbulos y excesos informativos, reducido a un enfrentamiento entre los dos primeros de la tabla, el momento de la verdad, el partido, no solo no decepcionó sino que derivó en la mayor exhibición de fútbol de alta escuela que haya podido presenciar jamás en directo una audiencia de cuatrocientos millones de aficionados repartidos por todo el mundo. Cadenas televisivas, radiofónicas y portadas de diarios europeos, americanos, africanos, asiáticos, daban fe el martes del excepcional acontecimiento del lunes noche. Todos sin excepción reconocieron el triunfo de la belleza plástica sobre la potencia física y la intensidad, en una batalla gloriosa –para el vencedor- en la que dos conceptos clásicos del fútbol debían dirimir su primacía. Una humillación dolorosa, coincidían en los cinco continentes, que, seguramente, hubiera dolido menos de haber sido precedida y continuada por una actitud más lógica de humildad y no de prepotencia y chulería. Los blancos no sólo perdieron el partido. También los papeles. Quinientos millones de euros gastados expresamente para ganarle a los azulgrana…
No creo ser parcial, aunque no soy imparcial en colores y sentimientos, cuando afirmo que el verdadero triunfador de la mágica noche del Camp Nou fue el fútbol…, el fútbol entendido como belleza y como puro arte plástico.
Los pequeñitos, modestos, humildes, artistas, parecían gigantes. Gigantes tejiendo ante el mundo encajes de bolillos futbolísticos.