Vuelva usted Mañana

Los niños del bienestar

No es la infancia de hoy como lo fuera la nuestra; digo, la de los mayores y la de los no tan mayores. Hoy los niños no juegan como jugábamos nosotros. Hoy tienen tele, play station, ordenadores, vídeos, teléfonos móviles, pero les falta algo que nos sobraba a nosotros: imaginación para jugar sin que te lo den todo hecho, y calles para correr y expansionarse.

A los niños los encerraron en sus casas las circunstancias sociales. La inseguridad ciudadana, la escasez de espacios al aire libre, la masificación urbanística, todos ellos factores adversos, determinaron que las niñas y los niños sólo pudieran desahogar sus ímpetus naturales en el poco tiempo del recreo escolar y en la media hora semanal dedicada a columpios o castillitos.

Mamá prepara el desayuno, lleva a la niña al cole, se va a trabajar, regresa para recoger a la cría, se enfrenta de nuevo a la cocina, lava, plancha, limpia la casa. Y tiene que ayudar a hacer los deberes a su hija, a sus hijos. Hasta ahí. Ya no más. ¿Y la niña?, ¿y los niños?, ¿viven como niños o como mayores bajitos? Tienen que “buscarse la vida”· y aflorar sus ganas de jugar evadiéndose de otras responsabilidades. No les es permitido jugar a la gallinita ciega ni al pilla pilla ni saltar y brincar ni jugar con juguetes imaginarios ni destrozar sus piernas dándole a la pelota en un duro suelo empedrado. Su derecho a liberar energías, a divertirse, a gritar, queda aplastado por el modelo social que los mayores hemos decidido para ellos. Sin consultarles.

Y ahí están, creciendo, formándose, adquiriendo muchos más conocimientos, seguramente, de los que tuvimos nosotros, pero acumulando una carencia vital que sentirán de por vida. Les falta aprender la asignatura de la calle, el contacto con otros niños, la libertad individual.

El sistema es el sistema. Nos peleamos políticamente por el modelo de educación. Más liberal, más conservadora. Más religiosa, más laica. Pero la educación no es solo la escuela. Es también la dedicación de madres y padres a sus hijos y lo es, sobre todo, el sacrosanto derecho de los pequeños a jugar con la imaginación, sin dirección asistida, a respirar el aire de la travesura, de las carreras, a sudar y desgañitarse.

Tito, abuelo, familiares cercanos, proveen a la cría, al crío, de ternura, lo rodean de amor, pero echan en falta airearlos al sol de la vida. Los tiempos son inseguros, hay que trincar bien de la mano a los niños, pero ellos eso no lo entienden. Y dedican su mente y su tiempo a divertirse pasivamente ante los artilugios tecnológicos.

Te das cuenta de todo esto si asistes al espectáculo de la salida del cole. Súbitamente, un ciclón de gritos y de carreras colma el ambiente, llenándolo de una saludable y liberada energía infantil. La misma explosión que cuando salen al recreo, una de las pocas oportunidades que tienen de comportarse como lo que son: niños.

Quieren ser niños, pero no los dejamos. Los hacemos volar por un cielo de virtualidad, alejándolos de la hermosa realidad que es vivir plenamente la infancia.

Con las excepciones lógicas de quienes viven en el lujo y se permiten todo, el resto de las familias actuales se vuelcan con sus hijos intentando que éstos tengan lo que ellos no tuvieron. Y no se dan cuenta, tal vez, de que a ellos no les faltó, como les falta ahora a sus hijos, el ingrediente más importante de la niñez: experimentar la mayor de las expresiones humanas: la del libre albedrío.

Locura de los tiempos presentes.

Una respuesta to “Los niños del bienestar”

  1. Amberlee dice:

    It’s good to see someone thinnikg it through.

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