Vivimos en el país con más ruidos y menos nueces de Europa. Por lo tanto, debemos tener un promedio de sensibilidad muy cercano al de la piedra, aunque opino que en lo alto de este triste record, por méritos propios, están, en primer lugar, quienes hacen las leyes de convivencia, seguidos muy de cerca por quienes deberían hacer cumplir dichas leyes. Hablo, ya saben, del Gobierno, de los parlamentarios, de los gobernadores civiles, de los alcaldes, de los concejales y de los agentes de tráfico. Para ellos, la salvaje agresión cotidiana de ruidos dolorosos, insufribles, con que nos castigan unos cuantos desalmados, no parece constituir un problema grave. Su complicidad con estos otros terroristas está produciendo un aumento importante de fatiga y desequilibrio nerviosos en la población. Según demostración científica, los individuos sometidos a constantes y excesivos ruidos pueden ver mermada su eficiencia, tanto en el trabajo mental como en el manual. Lo que le faltaba a este país, tan productivo él…
La fauna productora de nuestras alteraciones súbitas y de nuestras excitaciones asesinas es, aunque reducida a Dios gracias, muy variada y pintoresca. A saber:
Los animales con complejo de inferioridad.– En esta especie dominante destacan los embrutecidos jinetes de la estridencia y del escape libre, clientes habituales de esos fabricantes de motos que facilitan a los usuarios la extracción del silenciador. Estos niñatos, para quienes en lugar de pruebas de alcoholemia habría que solicitar examen psiquiátrico, campan libremente por nuestras calles mañana, tarde y noche perturbando la paz de los hospitales y chuleándonos con acelerones crueles que provocan en nosotros el deseo inmediato de estrangularlos.
Los imbéciles desaprensivos.– A este apartado pertenecen, entre otros, ciertos impacientes conductores que, en medio del irremediable gran atasco, lanzan al aire sus bocinas, contagian a otros imbéciles como ellos y organizan, entre todos, un concierto inaguantable. También se incluyen aquí a quienes, a la hora de la siesta veraniega, hacen sonar veinte veces el claxon para que se asome a la ventana su distinguida esposa o su … querida madre.
Los que no tienen culpa.– En este paquete entran los inocentes operarios de brigadas municipales o de empresas privadas que se ven obligados a perforar el suelo con máquinas diabólicas; los jardineros de chalets y urbanizaciones que, a las ocho de la mañana, u otras horas prohibitivas, meten en nuestro cerebro el trepidar monocorde de su cortacésped; ellos, y otros como ellos, son unos mandados.
Los que no tienen perdón de Dios.– Incluimos aquí a algunos conductores de bomberos y ambulancias que, circulando sin misión alguna, hacen chirriar sus sirenas preocupando a peatones y conductores. En algunos casos, simplemente van a comer. También incluimos a policías de coches patrulla y de helicópteros que, quizá por exceso de televisión, juegan demasiado a telefilmes americanos.
No me queda sitio para detallar otras especies de la ruidosa fauna. ¿Qué decir de la espiral gritos-volumen del televisor-gritos propio de ciertos barrios? O ¿qué hacer con los masoquistas de los alaridos discotequeros? Estoy seguro que cada lector podrá ampliar el muestrario de este zoo.
Pido, en nombre de todos cuantos sufrimos este terror, que otros compañeros periodistas me ayuden a sensibilizar a esos insensibles mandatarios para quienes no es importante que unos cuantos ejemplares de la peor raza animal que puebla la tierra puedan rompernos los nervios y los tímpanos.
(Artículo nº 38 del libro “Una España de Cine”, 1996)