Los equipos de España

Los equipos de España

España tiene varios equipos. Uno es muy bueno, el de los deportes. Con él ganamos honras y títulos. Con él nos sube la moral, nos alegramos la vida, cantamos y bailamos en la calle, nos consideran en todo el mundo, nos respetan, nos admiran. Todavía cuelgan las banderas con el orgullo sin oxidar y ya estamos pensando en Olimpíadas y Mundiales. Y la verdad es que no siempre fue así. Vivimos y disfrutamos en la actualidad una sucesión de glorias deportivas universales que tal vez parezcan sucesos normales a jóvenes y adolescentes, hechos ya a grandes celebraciones y a que nuestros deportistas sean los mejores del mundo. Pero para una inmensa mayoría de españoles esta euforia no ha llegado tan fácil. Durante más de cuarenta años hemos padecido carencias, tropiezos, rachas de mala suerte y frustraciones. Nos quedábamos en el camino y habíamos llegado a asimilar que era nuestro sino. Hoy sabemos muy bien que el destino también puede mejorarse si ponemos de nuestra parte. Hemos aprendido que, con métodos modernos, con sistemas aplicados, con dedicación, con trabajo, con empeño, con honradez, con planificación, pueden conseguirse logros que nunca llegarían fiándose únicamente de la santa improvisación española y de nuestra secular manía de dejarlo todo para última hora.

Hablamos de selecciones nacionales: fútbol, baloncesto, ciclismo, atletismo, tenis, pero en realidad tendríamos que hablar de equipos. Yo hablo de equipos. Vicente del Bosque no se ha limitado a hacer una selección –que consistiría en reunir momentáneamente a unos jugadores de diversas procedencias que están en su mejor forma- sino que ha estructurado un sistema, un método, unas normas y ha ajustado y construido un equipo elástico y brillante, con independencia de que las alineaciones puedan variar, o, mejor aún, para que las alineaciones puedan variar. Siempre, claro, con jugadores sobresalientes adaptables a conceptos como humildad, sencillez y brillantez.

Hay otro equipo de los de España que también funciona muy bien. O, mejor dicho, el que mejor responde de todos. Es el equipo del trabajo, el más sacrificado, el que aporta lo esencial en todos los proyectos nacionales, de paz o de guerra. El equipo del pueblo. El que pone la cara, el dolor o la sangre; el que, en tiempos sin libertad, se va de emigrante a Europa como bracero o limpiachimeneas para arreglarle los déficits de la balanza de pagos a su propio y rácano Estado. El mismo equipo que, décadas después, cuando se pellizca otra vez a la libertad y al bienestar social, se ve obligado de nuevo a ser emigrante en Alemania o Noruega, aunque en esta ocasión llevando como equipaje un título de ingeniero o de médico.

Este equipo extraordinario y valioso, que es el del trabajo, alimenta a su vez a otros cuantos buenos equipos como, por ejemplo, el de la comunidad científica, el de la universidad, el de las tecnologías, el del turismo –único sector capaz de superar la crisis, pese a las embestidas del sistema-, y, sobre todos, el de la sanidad, que es la mejor sanidad del mundo. Pero, redivivo que fuera el Cid en su frase más gloriosa, la actualizaríamos para afirmar: ¡qué pueblo tan capaz nuestro pueblo español si contara con buenos capitanes! El equipo más determinante falla.

No hay peor desgracia que padecer la ineptitud y la arrogancia de un mal equipo, empeñado en perder partidos. Es como si hubieran determinado en las alturas de la especulación que para crear más ricos hacen falta muchos más pobres, pero pobres de solemnidad. Meter las tijeras en plan profesional, nada personal, desde la comodidad del despacho, sin ver rostros, considerándoles meras estadísticas: cuatrocientos mil desahuciados, cinco millones de parados, un millón ochocientos mil de ellos sin ninguna retribución; oleadas masivas de despidos, desprecio a la libertad y pluralidad de la radio y la tele públicas, puñaladas a traición a los pensionistas, recortes brutales a la sanidad, a las becas, aumento de precios en productos de primera necesidad. Qué pena que el equipo deportivo de Del Bosque no pueda dar lecciones a ese otro desastroso conjunto que nos hace andar para atrás.

En Francia, Hollande le mete mano a las grandes fortunas y va a dinamizar la economía. Buen equipo el de Hollande. ¿Por qué no tenemos nosotros uno igual? Aquí se prefiere a Merkel, y se defiende a las grandes fortunas. Entonces, deduzco que esto que tenemos aquí no es un equipo. Es una unión temporal de empresas, una unión temporal de ricos.

(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga“, domingo 8 julio 2012)

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