La crisis resuena cada día en mis oídos y en los de cualquier ciudadano medio que oiga la radio o vea la tele, no digamos si, encima, lee los periódicos. Caen las cifras. Cada vez más gente en paro. Los informativos, las tertulias, las virulentas controversias políticas y, sobre todo, las estadísticas del desempleo, encogen de pronto nuestro ánimo, aunque en seguida inciden en la reiteración hasta convertirse en cantinela.
Sabemos que hay crisis, que es profunda, que todavía no se ve la salida del túnel, pero como la mayoría de los ciudadanos de a pie no la padecen en sus propias carnes, porque este país, afortunadamente, no es el que era, todavía oyes decir alegremente, a tu alrededor, que dónde está esa crisis, que los bares, las cafeterías, los grandes almacenes, siguen repletos como siempre. Que las autovías y las arterias ciudadanas se pueblan de tráfico intenso, que el ajetreo diario de la actividad real es el mismo de hace dos años… Y eso es un error de apreciación. No que los centros comerciales y los restaurantes estén llenos de gentes (los fines de semana, que no cada dia), sino que se niegue la crisis.
Si esta recesión económica tan espantosa le coge a España con menos posibles, por decirlo coloquialmente, estarían las calles abarrotadas de gente pidiendo para comer. Pero resulta que el país estaba fuerte. Hay mucho desempleo, claro que sí, pero había muy poco, porque venimos de una economía fuerte, sólida, que se desarrolló tras nuestra democratización y tras nuestra entrada en el club europeo, que es el club de los países ricos. La estructura social no es la que era. Ni mucho menos. Pasar a ser europeos, dejando de ser africanos –que es como, en realidad, nos consideraban de Pirineos para arriba-, significó para todos nosotros subir los escalones que nos faltaban para llegar al carro del progreso.
Todo eso lo sabemos muy bien quienes hemos vivido en tiempos jodidos en los que Europa nos parecía muy lejana e inalcanzable. Era la época de la represión política y de la pobreza económica, aquellos días en que soñábamos con la libertad y con una mejor calidad de vida. Porque, en efecto, ambas calidades suelen progresar, y progresaron, juntas.
Así es que, sí, la crisis está ahí, haciéndole la vida imposible a muchos trabajadores, a muchos profesionales, y no se puede negar. Pero es cierto que las apariencias reales tienden a engañar, porque todavía, y esperemos que eso siga así, la proporción entre la gente que no puede trabajar y la gente que tiene trabajo es muy favorable a ésta última. Y ese es el motor que sigue generando comercio y vida. Solo las cifras auténticas de la recesión, y los dramas personales de quienes la padecen de verdad, revelan la profundidad de la crisis.
Y luego hay otros indicadores que uno observa y que, camuflados en planos distintos, concurren también en la evidencia de que andamos bastante mal. Por ejemplo, no hay programa televisivo que se precie –o, mejor dicho, que se deprecie- que no esté repartiendo diariamente miles de euros (a cambio, claro, piden mensajes, a euro y pico el tirón) o que no tengan concursos donde ya no se premia con regalos sino con euros, con miles de euros. Al mismo tiempo, loterías, quinielas, primitivas, euromillones, constituyen, hoy más que nunca, la esperanza última de cada vez más ciudadanos.
Y un último indicador, más revelador que los otros: se incrementan de manera alarmante los robos en comercios y los grandes almacenes. Este dato es tremendo, porque parece ser que quienes se incorporan a la práctica del hurto no son cacos sino ciudadanos desesperados. Como diría el Butanito de sus buenos tiempos, ojo al dato.
Es curioso esto de la crisis, pues afecta de muy diversas formas.
Te invito a leer un artículo que explica porque desde que hay crisis es imposible conseguir una entrada para un concierto o sitio en un restaurante:
http://www.terceraopinion.net/2009/06/07/cuando-aun-no-habia-crisis/
Un saludo.