Que conste que lo dice Cebrián, el capitoste máximo de “El País”, adelantado en la proclama del declive de la prensa escrita a favor de la cibernética. Que no soy yo quien lo digo, aunque lo pienso y lo deseo. Fue Cebrián quien aseguró, no hace mucho, que si tuviera que fundar un nuevo diario lo haría digital, no impreso. Tal era la nula perspectiva de futuro que concedía por entonces a la prensa convencional en la que, por cierto, ha sido él uno de los grandísimos triunfadores de los últimos treinta y tantos años. Si embargo, lo que dice ahora es que “está convencido de que las ventas de los periódicos volverán a subir, aunque probablemente no espectacularmente”.
Sus palabras suenan a despedida. El grupo Prisa va a cambiar de manos y su principal directivo dejará de ejercer, en poco tiempo, su omnímoda influencia. No está de más dejar un halo de esperanza a sus continuadores. O, tal vez, esté convencido de que, por muchos oráculos que se empeñen (él también se empeñó), la Prensa tradicional tiene oxígeno para largo. No olvidemos que, a pesar de todos los procesos tecnológicos y de inmediatez, siguen siendo los periódicos los grandes sustentadores de la opinión pública y los que marcan las iniciativas informativas y de investigación de los temas más trascendentales.
“El País” ha sido, y sigue siendo –no sabemos qué ocurrirá cuando, en dos años, pase a manos americanas- el buque insignia de la prensa española. Representó el espíritu del cambio democrático tras morir el dictador y, tras unos inicios heroicos y de esfuerzos personales, demostró (en afortunada frase de su primer director) que la libertad de prensa podía ser también un buen negocio, dando un salto de gigante hasta ascender a multinacional de la comunicación, haciéndose con la propiedad de poderosas cadenas de radio y televisión y de empresas editoriales.
Creo que Juan Luis Cebrián, en el fondo, debe tener una inmensa gratitud al periódico que le dio éxito como periodista, como escritor y como rico ejecutivo de empresa. Y me parece lógico que le desee larga vida.
Al menos, surge una voz esperanzadora en medio de tanto agorero deseoso del exterminio de los periódicos de siempre. Si este destacadísimo periodista, académico de la Lengua, personaje influyente, augura nueva vida a los diarios, habrá que tenerlo en cuenta porque se trata de una autoridad en la materia. No es una opinión cualquiera; es una opinión que habrá que contraponer a las que expresan, a diario, sin contemplaciones, con saña, algunas bitácoras embarcadas en una cruzada sin piedad contra las “hordas” de la letra impresa.