El Blog de Rafael DE LOMA

Loor al mejor Torremolinos

Arrastró durante muchos años una etiqueta peyorativa: la de ser imán de vagabundos y mochileros, leyenda surgida a finales de los cincuenta y durante los sesenta y setenta cuando se pobló de gente de todo pelaje que, escapando de un mundo gris, buscaba excitaciones naturales o artificiales. Era un pacífico pueblo marinero bendecido por el sol y dotado de una belleza especial que quiso aprovechar a tope la oportunidad que le daban los tiempos. Se cerraba la década de los cincuenta. Torremolinos alcanzaba súbitamente una gran fama no prevista, pero nadie supo intuir que no podría superar los excesos y el abuso y que se desbarataría en pocos años a sí misma, tanto por alegrías privadas incontroladas como por la dejadez administrativa que consintió horrendas construcciones. Por culpa de unos pocos, se despreció cualquier tipo de planificación seria, despreciándose así para siempre la posibilidad de ser cinco estrellas. Aquel acreditado destino se vería envuelto en una espiral de retroceso de la que le costaría décadas salir.
Echaban a andar los sesenta cuando la literatura, la prensa, el cine, mitificaron su nombre. Hoteles como el Pez Espada o La Roca alojaban a gente muy principal, de Europa y de Hollywood; “La Gamba Alegre”, La Carihuela, los chiringuitos de la playa del Bajondillo, eran bullicios a descubrir para degustadores de mariscos, pescaítos, cervezas y sangría, mientras el whisky y los pelotazos se despachaban a gogó en el ambiente bailongo de Montemar, en salas como “Cleopatra” o “Los Violines”, en legendarias discotecas como “Tiffany”, “Barbarela”, “Piper´s”; en “El Mañana” o en las noches locas de los Pasajes Begoña y Pizarro, trufados de bares y pubs donde repostar y camuflarse. El flamenco atraía a nacionales y extranjeros y los reunía en “El Jaleo” o en “El Piyayo”. Los puntos de cita multicolor eran (siguen siendo) la famosísima Calle San Miguel o la plaza de La Nogalera que concitaban el interés de turistas curiosos y bohemios de todas las razas. En su intrincada geografía urbana, plagada de hostales, sembrada de tenderetes, plena de vida, de luces y de colores, se mezclaban jóvenes y carrozas, hijos de papá y tiesos de solemnidad, rojos y azules, intelectuales y horteras, artistas de cine y hooligans de Inglaterra; todos ataviados a su bola, ligeros de cascos y de ropa, pero todos de acuerdo en algo muy importante: que aquel podía ser el mejor sitio del mundo para vivir… y para dejar vivir. Un incipiente paraíso hippie.
Torremolinos llegó a ser el municipio español con más permisividad y tolerancia para homosexuales o para quien quisiera fumar porros, siempre que imperara una mínima discreción, si bien no dejaban de ser oficialmente delitos perseguidos que se saldaban, alguna que otra madrugada, a voluntad del gobernador de turno (más retrógrado, menos retrógrado), con sonadas redadas policiales de sorprendentes resultados.
Fue en plena vigencia del “boom” cuando el escritor neoyorquino James A. Michener, ya con 64 años, publicó (1971) su best seller “The Drifters” (Los Vagabundos) del que vendió millones de ejemplares y que, en su edición española, llevó el título de “Hijos de Torremolinos”. Michener narraba las vicisitudes de seis jóvenes de distintos países que se daban cita en este pueblo blanco ya convertido en destino muy peculiar, desde el que partían, en una alocada huída plena de aventuras, hacia tierras de España, Portugal, Marruecos y Mozambique. La historia, que eran muchas historias, se salpicaba de drogas, amores y música rockera. El autor describía a la localidad costasoleña –que, por cierto, nunca visitó- con detalles reconocibles, mostrándola como un moderno edén de costumbres relajadas, de gente alegre e inconformista, de ambiente cosmopolita…
Aquella exitosa novela acabó de darle a Torremolinos fama universal y un espaldarazo como Meca de la juventud. El pueblo, lógicamente, fue parte activa del milagro y también se hizo mundano, pero nunca perdió sus señas de identidad, sus tradiciones, su Romería, esa esencia genuina que acabaría por conseguir su justísima y largamente reivindicada autonomía. Recuerdo que nuestro periódico “Sol de España” mantuvo durante años una postura claramente favorable a su independencia municipal de Málaga. Torremolinos había sido el gran referente. Cuando todavía España entera vivía la larga noche de oscuridad dentro de la cutrez de un sistema de represiones y de miserias (¡aquellos años sesenta!), la calle San Miguel ya era un ascua de luz, un hervidero humano de diversidad, una mezcla de aromas, sudores y razas, un emporio de divisas, una escuela de idiomas.
Hoy, la Costa del Sol tiene que enorgullecerse del actual Torremolinos, situado, en preferencias, por encima de ciudades como Palma de Mallorca o Benidorm, porque, habiendo sido en tiempos difíciles el destino pionero de la industria más pacífica, integradora y social del mundo, y después de superar años de desprecio, ostracismo y olvido, poco a poco fue ganando prestigio hasta convertirse, por sus propios méritos, en el municipio turístico más importante de España.
Felicidades, Torremolinos, en tus fiestas de San Miguel.

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