Vuelva usted Mañana

Locos por la redacción

Las sedes de los periódicos digitales deben ser, al parecer, espacios virtuales exentos del viejo espíritu periodístico que, en las redacciones de papel, tradicionalmente, alumbraba personajes bohemios, tipos raros, extravagantes, fantasmas auténticos, gente que hacía el trabajo más llevadero, más entretenido, menos estresante y a la que se cogía el cariño del roce diario. El viento de la revolución cibernética se ha llevado a esa especie que ahora, si existe, andará perdida en limbos y templos ignorados. Las redacciones de siempre son ya también redacciones de ahora: asépticas, silenciosas, sin fantasmas, sin intrusos, ordenadas, funcionales, sincronizadas. Como el banco de Santander. Sin improvisaciones, sin pálpitos. Sin aportaciones espontáneas. Sin figuras.

Una parte importante de las plantillas de periodistas se enfrenta hoy a su trabajo con la única compañía de su propia soledad. Un ordenador frente a ti y un mundo –absolutamente virtual- detrás de la pantalla en la que trabajas. Estás unido al espacio exterior a través de una red que te hace ver toda la realidad pero no te da derecho a palparla.

El viejo espíritu periodístico ha abandonando a los equipos y a los grupos. No queda sitio para ositos peluches. Hablo de personajes atípicos, curiosos, excéntricos, singulares, gente poco corriente que, cuando la conocías de verdad, te hacía olvidar sus peripecias, algunas veces detestables, y terminabas dispensándole ese bonito sentimiento que se llama ternura.

El muestrario era, y seguirá siendo, supongo, rico y variado, llamativo y modoso. Rostros normales, naturales, familiares, que camuflaban biografías insólitas. Individuos vestidos con lazo de pajarita sobre raídos trajes negros, exhibiendo en su faz la locura egregia de los rebeldes pacíficos. Inofensivos escribidores o literatos, artistas o magos, portadores en su cartera de un recorte amarillento plegado en cuatro dobleces, hemeroteca portátil de un paso único y bien lejano por el papel impreso.

El periodismo ya tiene, de por sí, algún que otro ingrediente de rareza. Su propia esencia te exige no ser alguien convencional. Y es por ahí por donde encajan los espíritus marginales que, volando volando, anidan en cuanto tienes el menor descuido. Ya he repasado más de una biografía irregular, y por ello interesante, dejándolas impresas, espero que para siempre, y todavía tengo en el disco blando de la memoria algunas otras pendientes de explicar. Las explicaré. Tengo curiosidad, sin embargo, por saber de otras vidas originales, que andarán por ahí, vagando por la nada, sin hueco donde cobijarse porque se les cerraron las puertas de aquellas redacciones en las que convivían sin dificultad la ética, la locura, las prisas, la imaginación, el espíritu inquieto y burlón, y el mejor periodismo, y donde no faltaba el contrapunto del desorientado que un día aparecía súbitamente para instalarse allí de por vida. No sé si en los cuarteles generales de otras profesiones especiales habitarán, o habrán habitado alguna vez, seres extraterrestres llegados desde la poesía, la literatura, la magia, la oratoria, el arte o las ciencias. Pero sí sé que a nuestras redacciones de siempre, siempre llegaban criaturas como ésas.

En fin, todo esto no es sino un simple recuerdo, una mera evocación que me fluye de pronto porque acabo de ver, sentado en una terraza, a un personaje redivivo de mi obsoleto catálogo de especímenes. En el fondo, lo digo convencido, el alma de esta profesión está llena de humanismo. Y ese calor y no otra cosa es lo que iban buscando aquellos locos tan cuerdos. Si alguien, aunque no sea periodista, encuentra por la vida a uno de ellos, primero debe sonreírle. Y luego, oírle. Y si dispone de grupo, entonces adoptarlo.

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