Vuelva usted Mañana

Cuando leer es también llorar

Tengo delante de mi, esparcidos en la mesa de trabajo, los periódicos de esta mañana, mensajeros de noticias deplorables, informaciones que nos entristecen porque afectan directamente a nuestras vidas, nuestras emociones, nuestros sentimientos. Primero me asomo a la edición on line de “La Opinión”, mi diario de cabecera, y luego abro algunos portales, para ampliar al mundo mi visión informativa, pero unos anuncios nerviosos, compulsivos, con las letras dando saltos, me distraen en exceso con sus reflejos, me contagian su excitación y, entonces, cierro mi juguetito nuevo -el iPad de los Reyes Majos- y retomo mis queridas ediciones de papel, dispuesto a recrearme cómodamente, empapándome de opiniones serenas, interpretaciones documentadas, informaciones contrastadas y ahí, en ese punto, he creído conveniente quejarme de tanta amargura en forma de noticias lamentables. Y eso que sé por experiencia que sólo las malas noticias son noticia. Lo que pasa es que no toda portada tiene porqué ser un llanto generalizado en el que nos auguren apocalipsis y catástrofes económicas, sentencias judiciales inaceptables, crímenes horripilantes, cambios de chaquetas ideológicas, martillazos de impuestos…

Escribir en España es llorar, decía Mariano José de Larra, autor de los más bellos artículos periodísticos, entre los que elegí “Vuelva usted mañana” como cabecera y como inspiración para los modestos escritos de mi blog. Los tiempos están revolucionando los conceptos tradicionales de la prensa, en todos sus suportes. Vivimos una eclosión informativa de incalculable desenlace, una amalgama de conceptos contrapuestos y un choque frontal de profesionalidad y diletancia. Y, por si fuera poco, unos desalmados, que siguen liderando a sus anchas el odioso sistema internacional del dinero (doblegando de forma obscena la voluntad de los gobiernos) iniciaron una crisis tremenda convirtiéndola en pandemia de tristeza y de dolor en países como España, antes un poco más feliz y hoy esclava de la más burda especulación. Crisis que, unida a los impetuosos avances tecnológicos, ha terminado de dibujar un cuadro desolador para los medios de comunicación. Enlazando, entonces, con el desgarro de Larra, la situación y las circunstancias han determinado otra máxima que puede aplicarse sin temor a errar. Si en el siglo XIX escribir en España era llorar, en el siglo XXI no sólo escribir sino leer también es llorar.

Para mi, hojear la Prensa escrita fue siempre, y lo sigue y seguirá siendo, una devoción, pese al revoltijo y a las arbitrariedades que se producen y pese al abuso de quienes aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para hacer escabechinas laborales. Es por eso, precisamente, y porque sigue siendo el medio más riguroso (aunque también necesita remozar sus contenidos), por lo que creo que hay que comprarla a diario, optando cada lector/a por los colores políticos afines o por la independencia posible. Hay que consumir prensa escrita porque, entre otras comodidades, es el soporte más profesional de todos, el que aporta los criterios que los demás medios siguen, y sería una pena que el viento de la ignorancia y los juguetes de las grandes tecnologías se la llevaran volando.

Escribir y leer la Prensa en España es lamentable. Sí. Pero al mismo tiempo es una necesidad imperiosa si queremos que alguien alce la voz, en nuestro nombre, para defendernos de quienes nos machacan sin piedad. Es preciso que las nuevas generaciones de periodistas salten al cuadrilátero con una moral de hierro que no puedan tumbar los poderes interesados en ello. Reconozco que asumo casi como cruzada animar a esos estudiantes plenos de ilusión, que tienen legítimo derecho a desarrollar su vida profesional en el periodismo rechazando los mensajes aterradores que les llegan desde fuera y desde dentro. Esta crisis, como todas las que han sido en la historia, pasará y dejará las cosas en su sitio. Y, como siempre, ganarán los que resistan. Hay que conseguir que escribir y leer en España sean profesiones y devociones especiales pero al mismo tiempo normales. Estoy seguro de que si Larra viviera hoy estaría con los jóvenes estudiantes en sus reivindicaciones sobre nuestra romántica profesión. Los estimularía para que lucharan por una España más justa. Y a lo mejor ellos, a su vez, lo convencían para que no dimitiera de la vida con tan sólo veintiocho años.

(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga“, 22 enero 2012)

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