Que nadie se preocupe. No voy a hablar del ya tradicional y mal llamado “periodismo del corazón”, esos espacios vomitivos, deleznables, de audiencias millonarias que llenan las tardes y noches telecinqueras. Cada vez hay más gente que ama esos programas y debemos aceptar la opinión de la mayoría. De lo que voy a hablar es de otro binomio periodístico, también de casquería, que incluye, en un totum revolutum, no sólo a cutres e impresentables sino también a gente principal que pasa por ser “seria”. O sea, voy a hablar de periodismo y de fútbol. Porque el futbol es el único fenómeno social que fanatiza, radicalmente y por igual, a pobres y a ricos, a trabajadores y a empresarios, a intelectuales y a analfabetos, a santones y a diletantes de las Ciencias, las Artes, la Prensa y la Literatura, A columnistas tristes y a brillantísimos escritores. Y, por supuesto, a políticos profesionales y a ciudadanos decentes.
El fútbol supera a la política en visceralidad personal. Cada aficionado tiene un equipo al que sigue, normalmente, que suele ser el de su pueblo o ciudad. Pero, además, casi todos los aficionados tenemos un enganche a sangre y fuego con uno de los dos más poderosos clubs del fútbol español, que ya saben ustedes cuales son. Así es que cuando los dos colosos se enfrentan (normalmente, dos veces al año, pero este año un montón de veces) saltan las alarmas, se descoloca todo dios y se producen violencia dialéctica y violencia real, fuera y dentro de los estadios, y es entonces cuando se pierden los estribos, la objetividad. Y es cuando se destilan sin pudor auténticas mamarrachadas, cuando se defiende lo indefendible, cuando no se reconocen los méritos ajenos, cuando el enfrentamiento es cruento, cuando no hay puntos de unión y cuando las amistades entre contrarios se salvan porque las amistades sólidas, bien cuidadas, constituyen la única vacuna conocida capaz de controlar y neutralizar el virus agresivo e invencible del fanatismo futbolístico. Sé que con este artículo despertaré iras.
El Periodismo tiene su especialidad deportiva en la que ejercen buenos y malos profesionales. He sido también, en mi carrera profesional, periodista deportivo y conozco el paño. Todos ellos tienen su equipo metido en el alma. Unos lo sacan a pasear, otros lo exhiben poco y con pudor. Unos son “hooligans” que alimentan a sus propias legiones de “hooligans” y otros intentan ser moderados y no dejarse llevar por la pasión. Estos últimos, lógicamente, tienen menos seguidores. Igual ocurre con los diarios deportivos y con determinados programas radiofónicos o televisivos. Se les ve el plumero de lejos. Sus directores se encargan de suministrar a su parroquia la ración diaria de demagogia que se les exige, saltando por encima de datos objetivos y de hechos demostrados, constituyendo, con sus éxitos de venta y de audiencia, el ejemplo de amarillismo más claro que existe en la Prensa española.
Pero no es de la prensa especializada de la que quería hablar. Ahí cada uno tiene definida su personalidad, sus debilidades, su protagonismo. Ellos son los encargados de echar leña en el fuego sagrado de la discordia, Por sus palabras, por sus escritos, los conocemos.
Lo que debiera sorprender, pero no sorprende porque el fútbol es más opio que la religión, es que personajes del periodismo que pasan por cultos, sensatos, intelectuales, ejemplos de ecuanimidad, salten al ruedo, heridos de muerte, enfrentándose impúdicamente a realidades objetivas solo por defender sus colores futbolísticos, ocultos tras el ropaje selectivo con el que viven socialmente. No ceden ante la evidencia porque su visceralidad puede con ellos.
Al fútbol de España, actual campeona del mundo, que basa su éxito en la belleza plástica y la espectacularidad del juego, en la humildad y en el fair play, valores mundialmente reconocidos, ha llegado un cretino mal perdedor, rácano de estrategias, ultradefensivo, de fútbol feo, que quiere cambiarnos el estilo y emponzoñar a quienes nos han dado la mayor gloria y las más grandes alegrías de nuestra historia. Alguien que tiene títulos ganados con anti fútbol, y que viene a ensuciar nuestro prestigio, nuestra elegancia, nuestra deportividad, practicando su “juego” sucio fuera de los estadios. ¿Por qué no nos sorprende que ciertos periodistas “serios” acepten el final de su tan cacareado “señorío”? Sólo sé de un brillante escritor de corazón tan blanco que ha puesto el grito en el cielo contra la llegada de este bandarra.
–
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 8 de mayo 2011.).
Hola Rafael:
Yo de fútbol no entiendo, aunque lo padezco. Como deporte supuestamente tiene implícitos como tú bien dices valores universales. Aunque al final con tanto empaque celestial que le quieren poner pierde su esencia. Se transforma en una caricatura de sí misma. Como dicen ‘pa’gustos’ los colores. Aunque si es una camiseta sudada del esfuerzo del juego mejor que una manchada del ocioso espectador.
Un saludo y como siempre un placer este ratito de lectura antes de dormir.
http://reflejos-juegos-de-espejos.blogspot.com/