El coche, para qué negarlo, nos esclavizó tiempo ha y se nos convirtió, al igual que el televisor, en algo de lo que no podemos prescindir y que al tiempo nos está deshumanizando. Un pacífico ciudadano de educadas maneras en la oficina, se convierte en un bruto que insulta a las primeras de cambio cuando lleva el volante entre sus manos. El tímido se envalentona, el reprimido se enfurece, los nervios se hacen dueños de la cosmopista y el precio a pagar por estas neurosis colectivas, ya se sabe, aparece en las estadísticas del fin de semana: tantos autonautas no llegarán nunca a su destino. Debemos reconocer que en el último lustro parece que hemos aprendido, o que tenemos mejores carreteras, el caso es que hemos echado abajo las listas de bajas, aunque estas siguen siendo superiores todavía a las de los balances de víctimas de batallas que se leen en los libros de Historia.
Es tiempo en verano de meditar sobre tantas prisas para ir a ninguna parte, es tiempo de no mandar el coche a paseo sino de dejarlo aparcadito, y tiempo de recuperar el placer saludable de mover las piernas, tiempo de tour, de giro, de vuelta a las buenas costumbres, y no lo digo como elogio a esos obtusos émulos de campeones que, con equipación completa, en lugar de buscar pistas cerradas, nos dan el coñazo en las carreteras, situándose justo delante de nuestro coche y disputándonos, con irresponsable arrogancia, un sprint seguro hacia el batacazo.
No son esas las bicicletas, ni los ciclistas, que reclamamos, ni tampoco abominamos del amor deportivo al automovilismo, la pasión de conducir, que nada tiene que ver con el desastre cotidiano de quienes, insensatos incontrolados, pueblan el asfalto de riesgos innecesarios, gente odiosa, torpe, que, de pronto, sin avisar, hace un giro prohibido a la izquierda o se planta delante tuya a una velocidad desesperantemente lenta destrozándote los nervios y acumulando todas las papeletas para el sorteo final del accidente.
A los listos, plaga de nuestro tiempo, es necesario despreciarlos, pero en una cosa acepto, y pido, que la gente sea lista: conduciendo un vehículo. No hablo de la listeza, antítesis de la inteligencia, que convierte a la gente en insolidaria, en egoísta; no quiero a los listos, siempre a la defensiva, que consideran tontos a quienes son simplemente honrados; no me refiero a los listos que sólo adoran el dinero y hacen girar toda su vida alrededor de ese objetivo único: acumular riqueza, como si la existencia solo fuera un bolsillo lleno y no contaran los sentimientos. Esos son listos de la vida que te hacen dudar de la calidad humana, individuos perniciosos, convencidos de que ellos son superiores, que te miran de reojo y con desconfianza, porque en el fondo no se fían ni de ellos mismos.
En la carretera hay que ser listo, pero sólo en ese aspecto de no confiar en lo que hagan los demás, en asegurarse de hacerlo uno lo mejor posible, en aprovechar, sin pasar en rojo, el último momento del semáforo, en no dar un frenazo brusco ante un paso de cebra por el que no pasa nadie, en no eternizarse en un stop que se asoma a una vía de mucho tráfico, en salir rápido de situaciones peligrosas, en no entorpecer la maniobra del otro, en facilitar el tráfico en un atasco y no buscar atajo entre los demás coches. Los taxistas, por ejemplo, son listos en la calzada y sólo cometen pecadillos veniales cuando, a la caza y captura de viajeros, discurren lentorros por su derecha sin importarles la prisa que lleve el que va detrás o cuando, por el contrario, llevan prisa desmesurada y hacen adelantamientos fugaces que te asustan.
Reivindicamos el placer y la pasión de conducir, pero, visto el panorama, reclamamos, como han hecho británicos, holandeses, alemanes, la alternativa de las dos ruedas, en un reencuentro amoroso dentro de la ciudad y en trayectos relativamente cortos.
Es curioso que países del tercer mundo utilicen la bicicleta en espera ansiosa de poseer coches, mientras los países saturados de coches, de monóxido de carbono, de contaminación asfixiante, vuelven a la bicicleta. Todo depende, supongo, de la prisa que lleves. Con el coche puedes llegar antes, sí, pero ¿adonde?
(Artículo nº 37 del libro “Una España de Cine”, 1996)