Tres años de cárcel para un periodista iraquí por tirarle los zapatos a Bush. Esa es la noticia del día. Qué barbaridad. El peor presidente norteamericano de la historia sigue ejerciendo su nefasta influencia, aún después de haber dejado la Casa Blanca.
El periodista en cuestión, Montazer al-Zaidi, reportero del canal televisivo Al Bagdadía, había despedido expeditivamente a Bush, lanzándole desde lejos sus dos zapatos, el pasado día 15 de noviembre cuando el capitoste yanqui acudió a la capital iraquí y, en el transcurso de una rueda de prensa, dijo adiós al pueblo al que había mandado invadir y masacrar.
Las imágenes de aquella “simpática” noticia, grabadas con todo detalle, y la carcajada generalizada que siguió, dieron la vuelta al planeta, ocupando el número uno del hit parade de YouTube. Como siempre ocurre, aquella noticia pasó a ser una anécdota para todo el mundo, excepto para el pobre periodista y para su familia.
El gesto de Montazer había sido seguramente excesivo, pero carente en absoluto de peligro real. Los zapatos volaron por la sala pero no hicieron diana y aunque la hubieran hecho no habrían producido ningún daño, dada la distancia desde la que fueron lanzados. El informador, víctima como todos sus paisanos de una aberración política, sólo había querido expresar su rabia por la guerra injusta, por el secuestro de sus familiares, por el horror que, desde la invasión, se vive en su país. Y con el castigo que sufrió tras ser detenido en el acto hubiera sido más que suficiente.
Según su hermano Dargham, a Montazer le encerraron y le maltrataron con saña hasta el punto de romperle una mano y varias costillas. Pero no. No bastó con la paliza. El periodista había cometido un gran delito: “agresión al presidente”. El honor del invasor obligaba a un juicio con una dura condena que sirviera de escarmiento. Cuatro meses después del incidente, que no fue más que incidente, el reportero iraquí ha sido condenado a tres años de cárcel.
Mi reflexión es sencilla. Si por lanzar dos zapatos, que ni siquiera alcanzaron su objetivo, hay que condenar a un periodista a tres años de prisión, ¿a cuántos años habría que condenar a quien ordenó entrar a saco en un país, con bombas t más bombas que originaron tantas víctimas mortales entre ciudadanos inocentes, mujeres y niños incluídos?
En fin, este ha sido un motivo más, quizá el último, para olvidar de una vez a un presidente que alcanzó dudosamente su primera magistratura y que salió, ocho años después, por la puerta de atrás, habiendo sido su más principal hazaña la invasión menos justificada de la historia. Y una de las más sangrientas.
Bienvenido mil veces Barak Obama.