Vuelva usted Mañana

La parte contratante de la primera parte…

La letra pequeña ni siquiera con la sangre entra. Es un engaño permanente del que hay que sospechar siempre. Yo sospecho de ella desde que vi por primera vez “Una noche en la Opera”, de los hermanos Marx; aquel inmenso Groucho que iniciaba así uno de los más descacharrantes e inmortales diálogos de la historia del cine cómico:
–“Haga el favor de poner atención en la primera cláusula porque es muy importante. Dice que… la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte…”
Puede que lo insignificante sea, a su vez, grandioso. Y de hecho lo es. Adoro las formas minúsculas, esas florecillas ínfimas que brotan casi invisibles en grietas ocultas, la belleza estética de las cosas nimias. Algún artículo he dedicado ya a elogiar el esplendor de lo diminuto. Y no me voy a repetir. Si embargo, hay algo mínimo que no me gusta nada, que nunca me ha gustado y que a casi nadie le gusta y esa menudez es la letra pequeña.
Es con la letra pequeña con la que intentan engañarnos, y nos engañan, los bancos, las financieras, las compañías de seguros cuando nos hacen firmar contratos, hipotecas, pólizas, compras, reduciendo hasta el límite la tipografía de las trampas donde se esconden las cláusulas abusivas, las exclusiones, los riesgos, las responsabilidades.
Es con la letra pequeña, y con calzador, con lo que nos meten los partidos a sus obedientes y desconocidos candidatos en las cerradísimas listas electorales. Es con la letra pequeña con la que se nos venden las motos de los premios imposibles que milagrosamente nos tocan sin haber jugado. Abres el buzón del portal, o abres el ordenador y, zás, eres el afortunado al que ha tocado un coche. Sólo tienes que entrar –realmente se llama picar- y, una vez dentro, te engancharán pero nunca te darán el coche.
En los periódicos la letra pequeña no ha sido nunca santo de nuestra devoción. Primero, porque sabemos que los lectores –las personas que leen, no las que llevan el periódico bajo el brazo, exhibiendo la cabecera- suelen tener la vista un poco cansada y necesitan que el cuerpo sea, como mínimo, de un diez para arriba. Y además, porque sabemos que cada vez se lee menos –incluso los lectores- y cada vez se recurre más a títulos grandes, textos escasos y mucha imagen. De ahí el desarrollo del diseño en Prensa escrita y en Prensa digital, que vive su época dorada. Su objetivo máximo: facilitar al lector la recepción de la información, eligiendo los tipos de imprenta más idóneos y haciendo atractiva su visualización. El diseño es la arquitectura del periódico, aunque a veces ocurre que el artista se emborracha de ideas y hace una casa preciosa pero caótica e invivible. Hay publicaciones modernísimas de diseño, pero imposibles de leer, igual que hay casas de Gaudí que son el summun de la belleza arquitectónica pero no hay un dios que pudiera vivir en ellas.
La letra nunca tiene que ser pequeña. Tiene que ser legible. Y clara. Un poco hartos estamos ya de textos microscópicos y falaces.

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