Vuelva usted Mañana

La moderna religión del fútbol

Cada vez que los asuntos del dinero entran a saco en el rectángulo de juego, el fútbol auténtico se empequeñece. Se hizo una ley para que los grandes fichajes extranjeros, en las artes, las ciencias, el deporte, pagaran en España casi la mitad de impuestos que pagan sus colegas nacionales y, aunque era un pretexto, un estímulo para el avance del país, en realidad fue una barbaridad, de la que se aprovechan unos cuantos cracks y unos pocos, muy pocos, clubs. Ahora amenazan sus dirigentes con una huelga de la Liga Profesional si el gobierno decide suprimir tal prebenda. Perderían con la abolición de la ley, dicen, cien millones de euros pero no dicen cuánto está dejando de ingresar el Estado.
Sabemos que el fútbol no debiera tener precio porque es un sentimiento que va directo al corazón. Y los sentimientos, ya se sabe, ni se compran ni se venden, pero somos conscientes de que, a su vez, el fútbol es el más grande espectáculo de todos los siglos y de que la espiral de millones que origina a su alrededor provoca altercados sociales y hasta réditos políticos.
Convertido en un show de televisiones mundiales, de fichajes obscenos, en un manejo desproporcionado de billetes por la avaricia y por la necesidad de ser los primeros y los mejores, en esencia, el fútbol, a fin y al cabo cosa de críos, fue un británico invento infantil que lo juegan ellos, lo exaltan, lo elevan hasta lo sublime y lo mantienen en perfecto estado de pureza. A quienes nos apasiona, el fútbol nos hace hombres cuando somos pequeños y, luego, nos retrotrae otra vez hasta el territorio de la primera patria, donde nos instalamos fiel e inquebrantablemente en la militancia de nuestros colores que llevamos tatuados a sangre y fuego el resto de nuestra vida. El fútbol es una religión, una moderna e incruenta lucha tribal (con excepciones violentas y hasta de guerra), pero la incursión del maldito parné en el área de la competición, nos trastoca, nos distorsiona, nos disgusta. Los mercenarios estelares, que nos hacen felices cuando dan brillo a nuestros colores, nos entristecen y nos hacen sentirnos traicionados cuando cambian de camiseta. Y en ese mar proceloso de contratos, pasión, intereses, euforia, comisiones, tribalismo e irracionalidad, una legión anónima de sanguijuelas no dejan ni un momento de chupar la sangre.
La historia del fútbol es una historia de nombres. El fútbol lo componen el balón, el campo, los jugadores, los clubes, los entrenadores, los aficionados, los directivos, los medios de comunicación, pero su historia sólo la protagonizan los futbolistas y las clasificaciones finales. Por eso está muy bien que los primeros beneficiados, los únicos diría yo, deben ser los futbolistas. No sólo los supermillonarios. También los que se jubilan con treinta y pocos años y no tuvieron suerte o habilidades para resolver su vida. Por todo eso, privilegiar en la recaudación de impuestos a unos en detrimento de otros, es una injusticia que debe subsanarse, incluso obviando la amenaza de huelga de los que ejercen el mando en los despachos.
En los tiempos presentes el fútbol se ha extendido y se incrusta en todas las capas de la sociedad. Ha dejado de ser ya una pasión exclusiva de hombres. Cada vez más las mujeres participan de la emoción de los partidos. Hasta podría asegurarse que las aficionadas son más beligerantes que los aficionados. Ellas, las más jóvenes, son las que han impuesto la costumbre (heredada de los guerreros de tribus) de pintarse la cara antes de la batalla, en este caso con los colores de su equipo. Los clubes arrastran a las multitudes y las lanzan a la guerra de las Ligas y las Copas. Una afición puesta en pie de guerra puede ser tan peligrosa como un ejército. Ningún partido político, ningún líder, ni el más carismático de todos, tiene el poder de convocatoria que tienen los grandes clubes de fútbol. Ninguna convocatoria, ningún mitin, salvado sea el famoso de Azaña (más de medio millón de personas), puede reunir a más de cien mil aficionados en un estadio y a varios millones tras el televisor. Ese sentimiento individual y de masas es muy superior al mero interés especulativo y podrá con todas las huelgas injustas.
No fue el dinero lo que hizo posible la existencia de los cuatro únicos dioses del Olimpo futbolístico. Hubieran alcanzado su divinidad de igual forma, porque se forjaron en la niñez, limpios de la mierda del lujo y la fatuidad.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 8 noviembre 2009)

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