Se cumplen diez años de una pesadilla informativa que, como infinidad de periodistas, viví con angustia y desazón y plenamente consciente de que asistía a una noticia histórica. La más grande noticia que vieran los siglos. Así denominé, para mí mismo, parafraseando a Miguel de Cervantes, el horror de los atentados de Nueva York, aquel inolvidable once de septiembre de 2001.
La noticia de los atentados creo que revolucionó el concepto tradicional de la información en cuanto a su proyección y difusión. Todos recordamos dónde estábamos, qué hacíamos aquel día a aquella hora. A mí me sorprendió camino del almuerzo, con Cheli y con Mariano, recién acabada la emisión de nuestro telediario comarcal. Una llamada telefónica me advirtió de que se había producido un accidente gordo en una de las famosas torres de Manhattan. En esas, llegamos apresuradamente al restaurante y pudimos ver, junto a la angustiada parroquia, cómo ardía uno de los dos rascacielos idénticos. Poco después asistíamos, incrédulos, al impacto del otro avión sobre la otra torre. Durante toda la tarde, tras incorporarnos inmediatamente al trabajo, y con la colaboración de Rafa García, estuvimos pegados a la tele contemplando en directo la noticia más alucinante, más trágica, más rechazable de cuantas habíamos vivido. Ya nunca olvidaríamos el impacto de las imágenes, los suicidios colectivos de quienes, sin esperanza de vida, se lanzaban al vacío desde los ventanales de los rascacielos; las explosiones, los colosales desplomes de las torres, la consternación…, todo ello servido en rigurosísimo directo, a través de la pantalla del televisor, superando de lejos la ficción de las grandes películas de catástrofes.
Para mi la sensación percibida en aquellos momentos tenía, como para tanta gente, un añadido emocional y era el del recuerdo de mis dos visitas a aquellas torres (la primera en 1987 y la segunda el año antes de los atentados), de las que conservo fotografías hechas en la azotea y en los miradores de la Torre que se derrumbó primero. Desde aquella altura habíamos contemplado el impresionante paisaje de Manhattan, y en la penúltima planta, habíamos disfrutado de las panorámicas a través de los enormes cristales que parecían atraernos al vacío. Algunas nubes blancas y helicópteros turísticos se paseaban por debajo de nuestro cielo de cemento y acero hasta el que habíamos escalado en vertiginosos ascensores. Mi pensamiento se iba a aquellos momentos vividos, pero mi vista no se apartaba de la tragedia en directo. No podía creer que aquellas moles rebosantes de vida y de ajetreo febril, que albergaban a miles de ciudadanos de todas las razas, terminaran hechas un gigantesco amasijo de hierros retorcidos.
Pero lo estaba viendo. La televisión cumplía uno de sus preceptos más deseados. La noticia y el espectáculo se confundían: eran una misma cosa. Permanecíamos atados a la silla, en el trabajo, o donde nos pillara, en la casa, en el sofá, en el restaurante, mientras asistíamos a escenas terroríficas que nos costaba asimilar. ¿Estaba ocurriendo realmente lo que veíamos o simplemente veíamos una exagerada película de demoliciones y muertes masivas?
Sin minimizar la tragedia en absoluto, sólo por incluir alguna reflexión profesional, añado que aquello fue una especie de test para saber, en casos concretos, quién era periodista de verdad y quién no. Pasados unos días conocí un montón de casos de compañeros, en distintos medios de comunicación, que el 11-S, sobre las tres de la tarde, lo dejaron todo y corrieron a sus redacciones para reincorporarse a sus puestos, aún estando de vacaciones o de libranza. Demostraron ser periodistas de verdad, porque, además, no le dieron importancia alguna. Simplemente lo consideraron lo más lógico del mundo. Otros, en cambio, me consta, se quedaron en casa, sentados en el sofá, porque estaban fuera de horario laboral y preferían el espectáculo servido a domicilio. Sin tener que preocuparse. La noticia -la colosal e histórica noticia- les visitaba y ellos estaban encantados de haberse conocido, en el confortable sofá, con su whisky y su bocata. Creo que no tendrán más ocasión en su vida de convencerse a sí mismos de su verdadera vocación. Aunque sí de su destino.
Estas líneas, diez años después, son para el recuerdo de las víctimas. Aquellas del 11-S y las que siguieron después en Madrid y en Londres. Y las de tantos y tantos atentados ocasionados por mentes enfermas que obedecen ciega y criminalmente al fanatismo religioso y al nacionalismo retrógrado, las dos grandes pandemias de los nuevos tiempos.
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(Foto: En las alturas, durante mi última visita a las Torres Gemelas un año antes de los atentados)