Vuelva usted Mañana

La ley del silencio

Los catalanes, al contrario que los vascos, son prácticos, positivos y silenciosos y, a la vista está, la rentabilidad política de tal actitud es bastante más alta que la que obtienen otros españoles, y no digamos las ventajas económicas. Hablan menos, aterrorizan menos, y a la chita callando hacen más que nadie y con más beneficios que nadie.

Sacar partido al silencio es una filosofía difícil de practicar. Lo fácil es reaccionar a puro grito cuando las cosas no están como quisiéramos. Pues bien, los catalanes son virtuosos, casi héroes, del silencio, y hay que agradecerles que no entren en colisión directa con quienes no cesan de acusarles, de recriminarles por su forma de ser y por su forma de hablar. Durante cuarenta años sufrieron la más infamante campaña de desprestigio que pueda soportar un pueblo, y aún late en muchos españoles un odio semi oculto por lo catalán, un rechazo visceral contra su lengua, residuo malsano de un tiempo de desdichas, y es como si no se apercibieran de una realidad, porque la lengua catalana es una realidad de más de setecientos años. El virus anti catalanista nos lo inoculó el régimen de Franco, pero más radicales suelen ser aquellos que no conocen lo que critican. Centenares de miles de españoles, procedentes de distintas autonomías, que viven en Cataluña y que conocen bien a los catalanes, suelen identificarse con aquel sistema de vida y, en muchos casos, hasta con la lengua vernácula. Son las voces discordantes de quienes no conocen aquella realidad las que vociferan más y las que muestran más intolerancia, las más alejadas también de los comportamientos democráticos.

No trato de decir, el Señor me libre, que los catalanes sean mejores que los andaluces, que los gallegos o que los manchegos, ni que todo lo que hagan lo hacen bien, ni mucho menos. Tienen, por ejemplo, unos políticos aprovechones, excesivamente obsesionados por la pela, tienen poca sensibilidad a la hora de proponer una política cultural y lingüística, aunque tengan todo el derecho del mundo a usar su propia lengua, tienen un desprecio aparente por cuestiones que deberían recibir gustosamente: están, en suma, un poco poseídos de ellos mismos, de su laboriosidad, de su capacidad para el ahorro, de su seriedad, pero esos defectos de soberbia, en otras actitudes, también los tenemos los habitantes de las otras regiones españolas. En Andalucía, por ejemplo, perdonamos  la vida a los nacionalistas, tan estrechos de mente ellos, tan universales nosotros; y miramos por encima del hombro a quienes nos traen recetas del norte, recordando que, cuando todavía andaban ellos subidos a los árboles, ya éramos nosotros dueños y señores de la cultura y la civilización en todo el mundo conocido. Todos somos, al fin, españoles, y, por ende, soberbios, orgullosos y variopintos. Nos falta, quizá, desprendernos de nuestros prejuicios de andar por casa y conocernos un poco más. Nos iría mejor a todos.

Podríamos aprender de los catalanes su europeísmo y valga el ejemplo que les pongo: la Generalitat ha dictado unas normas que se llaman Normas de silencio positivo, según la cual si la Administración no responde en el plazo establecido a las peticiones formales de los ciudadanos, éstos podrán entender que se les ha dicho que sí, por lo que a estas normas se les llama la ley del silencio positivo. En el resto del país, como ya se sabe, el silencio administrativo es sencillamente ominoso y detestable además de inoperante. El anuncio de estas normas catalanas está encabezada con esta frase: si no decimos nada queremos decir que sí.

A mí me parece, no sé si a ustedes también, una ley hermosa esa que le saca partido al silencio. Aunque mi opinión es parcial, porque siempre estaré del lado de los silencios y las comprensiones y enfrente y en contra de los ruidos, de los estrépitos y las intransigencias.

(Artículo nº 35 del libro “Una España de Cine” (año 1996), publicado en “Diario 16” en forma de columna diaria con títulos de películas. Era mi homenaje, en años previos, al Centenario del Cine en España. Ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, siguen vigentes muchas cuestiones de la vida nacional, ¿no?)

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