Vamos en coche. Primer semáforo: un obstinado joven, de raza gitana, al que acompañan sus churumbeles, te limpia el parabrisas, quieras tú o no quieras. Si no hay propina, o ésta es insuficiente, te puede caer una tremenda maldición. No te alteres: te puede subir la bilirrubina o sobrevenirte una simpática congestión cerebral.
Segundo semáforo: un diligente vendedor de tabaco rubio americano mete la mano por la ventanilla y te ofrece «pata negra» a doscientas pelas, justo en la mismísima puerta de la Comisaría. Tercer semáforo: una chica de buen ver se interna osadamente en la selva motorizada y, después de echar una ojeada, elige tu coche y se dirige educadamente hacia ti; te cuenta que su vehículo se ha quedado sin gasolina, que ella va a Torremolinos, que le dejes mil pesetas, o quinientas, da igual, que te las devolverá, que hay que ver qué mala suerte haberse dejado el monedero en casa. No sabes cómo decirle que ya la conoces… y que tú también te has dejado el dinero en casa. Ella insiste, pero ve la cosa negra y te larga un rosario de insultos.
Ahora vamos a pie. Primer asalto: una mujer con bebé adosado te coge del brazo y no te suelta. Y no te suelta. Y no te suelta. Pagas. Segundo asalto: un hombre bien trajeado te pide directamente trescientas pelas, que, por supuesto, tú no le das. Tercer asalto: un joven con cara de lástima te mete por los ojos un papel que, según él, acredita su salida, hace cinco minutos, de la cárcel; como el chaval no quiere volver a robar ni a traficar con droga, te pide un poco de dinero, pero se le olvida, ¡ah!, un pequeño detalle: también a éste le conoces y sabes que lleva años viviendo de su patente.
Entramos en un bar. El «limpia», al acecho, se lanza a por tus zapatos, pero tú los salvas in extremis. El vendedor de loterías hace el relevo al limpiabotas, pero tú, un experto ya, le haces una finta y lo dejas fuera de juego. Llega un niño, te tira del pantalón; una niña, con clavelitos, otro señor muy insistente, y otro y otro. Alguien lee una curiosa noticia: los empresarios de hostelería, preocupados por la imagen que damos a los turistas, aseguran que, estadística recientita, en treinta minutos, pueden entrar en un bar del centro de Málaga, hasta nueve mendigos a pedir una limosna.
Estamos en un chiringuito de playa. El sordomudo, falso o auténtico, llega antes que las sardinitas asadas. Deja en la mesa un manoseado papel con el lenguaje de las manos, que, unos segundos más tarde, volverá a recoger. Las manos, faltaría más, se las vuelve a llevar vacías… aunque no del todo. El sordomudo, auténtico o falso, no desaprovecha la ocasión. Te pide con la mirada un cigarrillo rubio, que él mismo se sirve, y sigue su camino de silencio echando humo como una cafetera.
Terminada la ensalada, a punto ya la paella, aparece, barato, barato, barato, el hermano negro, un bazar entre sus brazos y una risa blanca y limpia en su cara amiga; pero ya conoces la mercancía, rolex, cartiers, elefantitos, y prefieres hincar el diente al arroz. Suena de pronto una musiquilla alegre horrorosamente ejecutada, que amenaza amenizar tu comida. Son los chicos de la Tuna, el más joven, calvo, con la cincuentena a cuestas. Son constantes: veinticinco años reenganchados en la Estudiantina y tienen oficio… cuando pasan el platillo. Pasado el trago, la panda de verdiales termina dándote el postre.
Ha sido un buen día. No te han metido la mano en la cartera, no te han timado. Al atardecer, con el cielo rojo en el horizonte, los turistas, piel de salmonete, cara de curiosos, invaden los paseos y las terrazas. Tienen mérito estos turistas, de verdad que tienen mérito.
(Artículo número 33, correspondiente a mi libro “Una España de Cine”, publicado en forma de columnas con títulos de películas, en “Diario 16” con motivo del Centenario del Cine en España, 1996, que, muchos años después, según veo, sigue siendo de actualidad)