El cura Chamizo, defensor del pueblo andaluz, un hombre templado y sensato, lo que llamaríamos un hombre bueno, decía esta mañana en la radio que la era del economicismo ha sido un fraude y que ya no nos van a engañar más. No estoy tan seguro, pero él insiste en que daremos la vuelta a la tortilla y en que ya no nos harán creer jamás que todos somos ricos y que esto es jauja. Un poco inocente veo yo al cura Chamizo si cree de verdad que no habrá más batacazos económicos. ¿Es que, acaso, han cambiado las normas del sistema o el sistema mismo?, pregunto yo también con inocencia. Siendo como es depositario de miserias y desesperaciones, el padre Chamizo tiene elementos de juicio suficientes como para presuponer que la gente está ya bastante quemada con la crisis y con los abusos que la han originado, pero esa percepción personal sólo puede llevarle a un arrebatado, voluntarista y utópico deseo de que se regenere la sociedad. Son encomiables sus palabras, ejemplares, valientes. Sin embargo, la dura realidad es la que es. ¿Se han ilegalizado los escandalosos “bonus”, las primas, las tías, las abuelas, de la usura bancaria, de la avaricia de Wall Street y de todas sus franquicias repartidas por los países ricos?
Qué ha de pasar para que las cosas cambien de verdad; he ahí una cuestión difícil de resolver políticamente. Cuando acontecen hechos históricos que cimbrean socialmente a la humanidad, pensamos que las cosas cambiarán a mejor. Son como destellos de esperanza, casi siempre protagonizados o promovidos por jóvenes disconformes con el sistema, que brotan con fuerza, e incluso con violencia, en medio de la atonía de un mundo colonizado económicamente por unos pocos. Fue lo que pasó en 1968, el año de más grandes noticias trascendentales de la historia. La juventud checa se rebeló contra su Unión Soviética, en la famosa Primavera de Praga, y, aunque hicieron nacer una ilusión que se extendió por toda Europa, los estudiantes y los obreros fueron aplastados y tuvieron que esperar veintiún años para que cayera el Muro y desapareciera el sistema de la bota en el pescuezo. El Mayo Francés, otra rebelión juvenil con proclamas inolvidables, nos hizo imaginar un mundo más justo y hasta más poético, pero las siguientes elecciones las ganó De Gaulle. Los encendidos discursos y el sospechoso asesinato del lider negro Martin Luther King, en el mes de abril, despertaron la conciencia colectiva en los sectores menos afortunados del mundo, pero la respuesta del stablishment llegó tres meses después, cuando acabaron con la otra esperanza llamada Bob Kennedy. En octubre, también del 68, la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de México D. F., donde la sangre volvió a derramarla a borbotones la juventud, se convertiría en una nueva llamada angustiosa para sustituir totalitarismo y sinrazón por convivencia y derecho a la libertad, pero el gobierno mexicano seguiría regido durante muchos años por el mismo partido que promovió o consintió la tragedia.
Como me gusta patear la calle de las ciudades que visito, pude palpar en Nueva York, las veces que he estado, el contraste brutal entre la abundancia más obscena y la indigencia callejera. Eso, sólo cruzando cualquier avenida de aquella capital, considerada emblema del capitalismo mundial. Lo que jamás pude pensar es que, casi dos décadas después de esfumarse la guerra fría, tuviera la oportunidad de contemplar idéntico espectáculo en las concurridas y animadísimas calles de Moscú. Hasta la casa Mercedes ha montado una fábrica de nuevos modelos en la antigua capital soviética para tentar al emergente mercado ruso del lujo.
La última gran noticia histórica con proyección de esperanza mundial de paz y de solidaridad fue la elección del primer presidente negro de los Estados Unidos. Aunque confío en esa clamorosa elección, también sé que la historia futura es pura incógnita. El padre Chamizo piensa ingenuamente que ya no volverán a timarnos nunca más haciéndonos creer que todos somos ricos. Lo peor, sin embargo (como decía Giuseppe di Lampedusa en “El Gatopardo”), es cuando surge la necesidad de que algo cambie para que todo siga igual. O sea, lo que ya está empezando a ocurrir.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 25 octubre 2009)