El Blog de Rafael DE LOMA

La historia de Leticia y de su hija Sara

Perdidas entre las noticias tremendas de cada día, algunas veces encontramos historias humanas con finales felices que emocionan. Es el periodismo que llega al corazón de las gentes, cuando el corazón de las gentes está saturado hasta la insensibilidad de la cascada contínua de violencia que sale a borbotones, y de forma impúdica, por la pantalla del televisor.

En este caso no es una noticia aislada sino una intensa historia de tres años, seguida con intermitencia y suspense periodístico y culminada felizmente. Una historia de estremecimiento protagonizada por una madre y que sólo una madre puede llegar a comprender en toda su dimensión sentimental.

No voy a detallar los hechos porque me saldría del blog. Ya han sido ampliamente divulgados por la televisión, cuya colaboración en el desenlace ha sido también noticia. Intentaré resumir. Merece la pena, aunque sea de forma sintetizada, recrear lo sucedido. Tras dieciséis años de matrimonio, una española llamada Leticia y su marido iraquí deciden separarse en 2006. La hija de ambos, Sara, de ocho años, queda bajo la custodia de su madre. Hasta ahí, algo normal que ocurre con demasiada frecuencia. Pero surge el drama y la tragedia: el padre de la niña, tras una visita de fin de semana, secuestra a Sara y se la lleva, sin papeles, sin documentación, a Irak, nada menos que a Irak. Y ahí empieza el calvario de una madre desesperada. Descubre que su hija vive en la ciudad de Basora, prácticamente enclaustrada; suplica a todas las autoridades, clama en el desierto, viaja en balde dos veces a Kuwait, logra que la Interpol dicte orden de caza y captura contra su marido, pero estamos hablando de Irak y estamos hablando de la lentitud de los trámites y estamos hablando del dolor de una madre que no consigue rescatar a su hija, pese a la intervención de ministros, policías, cónsules y embajadores. Son tres años de peregrinación en los que, pese a todo, no pierde la esperanza.

Al fin, Leticia, en el borde de la desesperación, decide actuar por su cuenta y contrata por cuarenta mil euros a un mercenario para que libere a Sara de su cautiverio. La niña vive en Basora en condiciones inhumanas, “rodeada de ratas, basura y cadáveres”, dice su familia. La condición de sacrificio es que Leticia tiene que ir, personalmente, a Irak, un país de los más peligrosos e inseguros del mundo, si quiere lograr su propósito. Es un riesgo tremendo. Y tiene que asumirlo sin protección diplomática, sin protección policial. Sólo con la compañía de un periodista.

Tras quince días, el milagro se produce. ¡Cómo no se iba a producir! Fuera de la ley, fuera de la lógica, pero se produce. Leticia consigue abrazar a su hija y traerla a España. Sara tiene ya once años y casi se ha olvidado del idioma español. “La niña juega con su muñeca, me mira y me sonríe”, dice la madre más feliz de la tierra. Hay quien no llega a valorar en toda su dimensión el drama de esta mujer, pero otras madres, todas las madres, empatizan instantáneamente con Leticia.

De vez en cuando, una historia periodística de interés humano como esta llena unos minutos de tu vida con lágrimas y sonrisas. Y esos minutos seguramente compensan del horror de tantos telediarios.

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