Vuelva usted Mañana

La guerra de los mundos

En los tiempos, recientes en el recuerdo, en los que la propaganda oficial nos empalagaba con la palabra imperio, estaba de moda, o, mejor dicho, nos metían hasta en la sopa, la actualidad de los países hermanos de Hispanoamérica; nos sabíamos de memoria las cosas de aquellos países, los periódicos llenaban sus páginas con noticias, crónicas y fotografías del acontecer de tanta nación hermana. En cambio, se habrán dado cuenta ustedes, hoy apenas se habla, apenas se escribe, de lo que ocurre en aquellas repúblicas. Para nosotros sólo hay una palabra: Europa, aunque no sepamos qué quiere decir, y una preocupación: ser europeos, aunque tampoco sepamos en qué consiste.

La casualidad geográfica de estar en el corner de este continente nos ha ayudado bastante a que ahora se nos incluya en la bandera azul con estrellitas, porque nuestros méritos anteriores, y nuestra vocación, eran más de Africa y de América (del Sur, claro) que de otra cosa.

Hemos sido los limpiadores de chimeneas de Europa y ahora despreciamos a quienes, porque no tienen otro remedio ni otro pan, vienen a servirnos a nosotros Y, aunque atravesamos en estos momentos el territorio desértico de la crisis, y estamos seriamente preocupados por el panorama desolador del desempleo, en el fondo sabemos que será un ciclo con final, porque ya, para bien y para mal, formamos parte del distinguido club mundial de países desarrollados, y, desde ese conocimiento y esa seguridad, miramos despectivamente a negros y sudacas y desconfiamos de ellos y no queremos saber nada de lo que ocurre en los países de donde proceden.

No es el momento, quizá (sobre todo para tanta víctima como tenemos entre nosotros de la ruina económica que vivimos), para hablar de solidaridad con otros seres humanos de allende los océanos, pero deberíamos conocer algunas cifras y meditar sobre ellas: treinta y cinco mil niños mueren cada día de hambre en todo el mundo, y muchos de ellos son de habla española, dato si se quiere irrelevante pero que puede ayudarnos a una mejor mentalización. Treinta y cinco mil niños, repito, cada día, repito, mueren por falta de alimentos, en tanto nosotros, españoles europeos, controlamos el colesterol, enriquecemos nuestra salud con complejos vitamínicos y estamos a la última en marcas de ropa.

Crisis aparte, es evidente que nos sentimos muy a gusto en una sociedad, el club europeo, en la que estamos a salvo de las lejanas privaciones del tercer mundo, miserias que este país ya conoció en la posguerra y aún después, cuando hubimos de despachar la mano de obra excedente, casi toda, a buscar divisas en los trabajos más penosos del rico continente, pero, tal vez por eso mismo, deberíamos esforzarnos un poco y mirar de frente a los pueblos que sufren el azote del hambre. Y si tuviéramos algo más de corazón no daríamos con la puerta en las narices a los emigrantes.

Los expertos aseguran que la distancia económica entre nuestro mundo y los otros mundos se agrande por momento y que cada vez es mayor la estadística de hambre, muerte y desolación en los países pobres, y para paliar un poco ese abismo criminal se nos pide, a los que más tenemos, un cero como siete por ciento del producto interior bruto, pero nos hacemos los despistados y somos incapaces de renunciar a un café, un helado o un paquete de cigarrillos, una insignificancia de nuestras cómodas vidas, que salvarían la vida a esos niños.

Estamos a punto de crear un Ejército europeo, guardián de la opulencia por la que nos unimos, y cada día nos llegan las decisiones para que la gran tarta económica se reparta equitativamente entre los miembros del selecto club, pero no vemos por ninguna parte una sensibilidad ante el drama de los países pobres, antes al contrario, se endurecen las leyes, crece la xenofobia, agredimos a los «invasores». No sé qué clase de mundo estamos construyendo. ¿Les he dicho que, cada día, mueren de hambre en los otros mundos, no en el nuestro, treinta y cinco mil niños, y que muchos de ellos hablan español?

 

(Artículo número 32, correspondiente a mi libro “Una España de Cine”, publicado en forma de columnas con títulos de películas, en “Diario 16” con motivo del Centenario del Cine en España, 1996, que, muchos años después, según compruebo, sigue siendo de actualidad) 

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