No me puedo creer que se llegue a consumar el despropósito de erigir un supermercado en el nuevo espacio cultural del puerto de Málaga, malhadado invento que, si ningún dios ni ningún beato lo remedia, será bendecido por nuestras ínclitas autoridades el año que viene.
No me puedo creer que, contra el criterio de la mayoría de los ciudadanos, se lleve a efecto una barbaridad tan bárbara.
No me puedo creer que los medios de comunicación provinciales, especialmente los periódicos, traten de forma tan timorata, tan cauta y tan fríamente un tema tan caliente y preocupante para el futuro inminente de una capital que, dicen, pretende convertirse en un modelo para el turismo y la cultura. ¿Qué modelo? ¿El de un moderno puerto de trasatlánticos cuyos miles y miles de pasajeros lo primero que vean al llegar a la milenaria Málaga sea un supermercado? ¿Qué modelo? ¿El de un supermercado como máxima prioridad en el más grande proyecto jamás gestado para la apertura al mar de una ciudad que lo lleva reclamando siglos? Debo suponer, ¿o no debo suponerlo? que la Prensa terminará haciéndose eco del sentir ciudadano en toda la dimensión que requiere el asunto, pero debo suponer ¿o no? que deberían darse cierta prisa porque al parecer queda un escasísimo margen de tiempo para salvar el desaguisado.
No me puedo creer que no exista ya un movimiento de ciudadanos preocupados en la salvaguarda del interés público ante la nefasta gestión de quienes tendrían que evitar el desastre. Acostumbrados como estamos a manifestaciones o protestas menores, no sería ilógico que se produjera una protesta masiva en defensa de algo tan importante para una ciudad que se precie como es la estética del buen gusto.
No me puedo creer que los notables de la intelectualidad, los eméritos selectos de la política, los críticos distinguidos de salón, los puristas de la Málaga malaguita, esos cuatro todopoderosos y exquisitos que controlan hasta el más mínimo detalle lo que se menea o no se menea en el reducido ámbito cultural malagueño, no armen la marimorena para que fracase el dislate.
No me puedo creer que la noticia de que la suerte ya está echada deje impertérritos a quienes se llaman autoridades. Ni que un extraño silencio, o una simple queja entre dientes, sea la más alta expresión de rebeldía entre las distintas capas y estratos capitalinos. Tanto tiempo esperando que Málaga abrazara a su puerto, tanto tiempo esperando la hora de Málaga y lo que nos llega es una horterada monumental.
No me lo puedo creer.