Cuando, en el amanecer del esplendor turístico, fin de una década prodigiosa, unos jóvenes e ilusionados periodistas nos bañábamos en la Bajadilla marbellí sacando sabrosas coquinas de los bancos de arena, no podíamos llegar a suponer que vendría un tiempo en el que la autoridad aplicaría la vieja máxima de coge el dinero (las divisas) y corre, práctica que, siendo más propia de mafiosos que de responsables públicos, se suavizaría merced a la actitud reivindicativa de los auténticos artífices del prodigio, que eran los pioneros, los profesionales y los trabajadores que creyeron desde el principio en el invento.
El turismo fue, es y seguirá siendo la panacea de la Costa del Sol. Ni la peor de las crisis va a poder con la necesidad humana de buscar otros soles, otros aires, conocer otras tierras, otras gentes. Gracias a los invasores pacíficos de hace miles de años; gracias a los viajeros románticos, gracias a los vikingos que llegaron en los años cincuenta, a los ingleses y alemanes que les siguieron y a los lugareños que se esmeraron en construir desde abajo un destino cuyo privilegio, el buen tiempo y las playas, llevaban aquí toda la vida esperando el milagro, éste terminó produciéndose.
Todo cuanto debían hacer los actores del lugar lo hicieron de forma eficiente (a trancas y barrancas) a lo largo de una larga época. El sector se estructuró, agrupándose y creando una interlocución representativa; sindicatos y patronal pelearon pero llegaron siempre a acuerdos, los productos se cuidaron, los abusos se controlaron. El boca a boca promocional funcionó. Y la promoción oficial se tomó más en serio, pese a la sopa de letras de entes, organismos y corporaciones que continúan dispersando y despilfarrando los mensajes por ferias y localidades de esos mundos. Hoy se ha fijado un destino potente, dotado y preferente.
No obstante los esfuerzos, algo iba quedando siempre para mañana. Ni Madrid ni Sevilla fueron sensibles al mayor de los problemas, pese a tanto fruto económico y de divisas como le ha dado a España y a Andalucía la Costa del Sol. Quedó sin aprobar la asignatura pendiente más importante, más antigua y más evidente, que no es otra que la del saneamiento integral de nuestro litoral. Va ya para varios lustros el intento fallido de crear una infraestructura que elimine el asqueroso espectáculo de las natas espesas flotando sobre las orillas de nuestras más concurridas playas. Un espectáculo que echa para atrás a gente del lugar y a turistas que llegan de países más limpios. Una imagen deplorable que no se difuminará hasta que las estaciones de aguas residuales depuren bien. O, para decirlo mejor, como asegura el catedrático de Física Aplicada de la UMA y gran especialista en temas del litoral, Jesús García Lafuente, hasta que no se invierta de una vez por todas en el saneamiento integral.
Los defensores del ocultismo, del oscurantismo, discrepan de que se denuncie continuamente esta carencia, como si silenciando la necesidad no existiera ésta; como si los bañistas no se dieran de cara con la porquería cuando se meten en el agua. Una vez más intentarán matar al mensajero, en lugar de solucionar para siempre el vergonzante show de las inmundicias flotantes.
A esta tierra siempre la ha salvado la gente que llega de fuera. Y así seguirá siendo. Unos, porque crearon la dieta filosófica mediterránea, consistente en cimbrearse como los juncos, superando los vientos de la historia y permaneciendo siempre enhiestos; otros, por instalar aquí la primera y efímera siderurgia de España; algunos por ser pioneros de la industria más humanista, limpia y amable que existe; los últimos por apostar por las nuevas tecnologías de la investigación virtual y los más por ser simples viajeros que descubrieron sol, sexo y playa, las tres famosas “s” de nuestro primer apócrifo slogan (“sex, sun & sea”) y decidieron que la Costa era el lugar idóneo para echar el ancla definitiva o alternativa de sus vidas.
No podíamos pensar, en aquellos tiempos de esperanza, que la nata, muy clarita al principio, no solo no iba a desaparecer, sino que se espesaría más y más. Lejos de nosotros suponer que se mantendría la pertinacia de las autoridades, preocupadas más por el medalleo y la vanidad que por el crecimiento armónico de lo único que realmente nos mantiene vivos. En fin. Si algo se aprende en la vida es que el futuro nunca será como lo imaginas.
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Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 26 junio 2011.)