El otro día en la tele, en una de esas teles que no esparcen mierda, un político llamado Griñán le comentaba a un periodista llamado Iñaki la oportunidad perdida por Sarkozy y Merkel –dos conservadores muy influyentes- cuando, hace dos años, tras detectar la putrefacción del sistema capitalista, prometieron reformarlo desde su esencia para humanizarlo un poquito, arrancarle sus excesos, arrebatarle su poder omnímodo y evitar así volver a caer en sus garras. Y pudiéndolo hacer no lo hicieron. Era la ocasión histórica, toda Europa les hubiera apoyado porque empezábamos a pasarlo muy mal. El viejo capitalismo se iba a hacer puñetas dejando tras de sí una estela de horrores y miserias y era el momento de una puesta al día más racional, más humana. Pero, ¿qué pasó? Pues que, tras los momentos de desconcierto, en lugar de ser reprimidos, los gerifaltes del sistema que nos habían llevado a la ruina fueron inyectados de salud dineraria y, de nuevo, recuperaron la vara de mando y nos pusieran firmes, pero esta vez mucho más firmes. A partir de ese rearme, seguramente inesperado para ellos mismos, las reformas sociales (quiero decir el adelgazamiento de nuestras cinturas) no las imponen ya los gobiernos, a los que nos les queda ni siquiera esa facultad. Las durísimas reformas las dictan ellos desde sus guaridas, razón poderosa por la que no van a ser tan tontos de sacrificarse lo más mínimo, estando nosotros, la gran masa borreguil, para pagar los tributos que requieren su nuevo orden. Es fantástico. El cambio es tan brutal que, súbitamente, las ideologías –más sociales o menos solidarias- han sido borradas del mapa político por ese nuevo orden al que llamamos, con temor, con reverencia, los mercados financieros. Sólo se oyen, con sordina, como testimonios inútiles, algunas voces minoritarias, que no cuentan para nada. Pero, al fondo, las agencias de clasificación, los mercados financieros, hacen tañer sus campanas de Jericó y nos asustan y nos bajan los sueldos y nos congelan las pensiones y abaratan los despidos. Y nadie dice ni pío.
Es la llegada del surrealismo más realista. Los gobiernos no se impregnan de progresismo o de conservadurismo para gestionar sus programas. Regresa del pasado el título del ensayo de un teórico del franquismo: “El crepúsculo de las ideologías”. Los gobiernos se pliegan ante los mandamases del sistema, ante los mercados, y practican una de las máximas de Groucho Marx: “estos son mis principios, pero si nos les gustan tengo otros”. Creo que no exagero. Es tiempo de supervivencia. Y los gobiernos también aspiran a sobrevivir. En la entrevista de aquella tele limpia de chabacanerías, Griñán (Pepe), un fino economista, le aseguraba a Iñaki (Gabilondo, naturalmente) que, por primera vez, no estamos ante una crisis financiera o económica sino ante una crisis de dinero. No sé, porque no soy un fino economista, qué quiere decir exactamente eso de una crisis de dinero, aunque si sé que cada vez tenemos menos y que el poco que podamos ganar nos lo quieren quitar. Pero citaré otra vez a Groucho Marx, porque su insuperable ingenio viene a cuento: “¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!”
A mi me parece, no sé si a ustedes también, que, en este tránsito de un sistema abusivo a otro aún más injusto, se presenta ante nosotros la oportunidad única en nuestra vida de sacudirnos prejuicios y rutinas, de bautizar de nuevo las escasas cosas bellas que despreciamos al encontrarlas cotidianamente; la ocasión de tirar a la basura patologías sociales colectivas, esclavitudes, egoísmos, desesperanzas, tristezas; la oportunidad, digo, de reinventarnos a nosotros mismos. De reinventarnos imaginativamente para que se cumpla la célebre máxima literaria del príncipe de Salina, personaje de “El Gatopardo” (Lampedusa), quien afirma que “se tutto deve rimanere com´è, è necessario che tutto cambi…” (“si todo debe permanecer como está, es necesario que todo cambie)”. Y ya se sabe que una de las maneras más divertidas de cambiarlo todo es no tomarse muy en serio los dramas sociales; hacer del humor un arma defensiva frente a los insaciables del poder; imitar a quienes, como Groucho, se reían primero de ellos mismos para reírse después de los demás; reírnos, como se reía él, de quienes nos humillan; buscar ser felices en el surrealismo más real: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 20 de junio 2010)
Permitame decirle de qué está hecha para mi la felicidad… La felicidad está forjada por una sonrisa, por un fuerte apretón de manos, por una mirada de frente, por un beso de amante, de amigo, de amor familiar; la felicidad está hecha de los pequeños y no tan pequeños roces con los humanos, con los que vives el dia a dia, por un perdón, lo siento; me equivoqué, dicho a tiempo. La felicidad está hecha de la sonrisa de un niño, de la caricia a un anciano, de poder llegar a fin de mes. La felicidad está hecha de una comida entre amigos, dando igual que en la olla bailen las lentejas, o que el plato esté adornado por la mejor carne gallega. La felicidad está hecha de SALUD, de PAN y PAZ vengan de donde vengan…, la felicidad se puede encontrar también en estas lineas que ahora le estoy dejando en su blog; en este monólogo que hemos establecido sin saber cómo: usted expone, yo leo y contesto…
Ya ve: todo es según del cristal con el que se mira, a mi me da igual el de roca que el de “culo de botella”.
Abrazos cordiales.
Gudea de Lagash