Vuelva usted Mañana

La estupidez no tiene patria

Esta es la historia, muy resumida, de un adolescente que, en tiempos de escaseces, fue a Cataluña a trabajar y se encontró con un pueblo hospitalario, noble, trabajador y reprimido. El régimen autoritario reinante le había rebañado a aquel pueblo las libertades más elementales, como hizo con el resto de los españoles, pero con un plus hiriente añadido, que era el de no dejarles expresarse en el idioma que habían mamado tantas generaciones. Allí aprendió el deslumbrado quinceañero la camaradería de la fábrica y la lucha obrera oculta, allí descubrió que, aparte camisas azules y uniformes grises humillando por humillar, existían también ámbitos clandestinos donde los partidos democráticos se rebelaban contra la dictadura. Y como fondo de paisaje, el joven inmigrante se encontró con unas tradiciones de siglos que hacían de aquella gente una gente sin complejos, esperanzada y alegre. “La Santa Espina”, una sardana prohibida porque su letra incluía una jactancia que se consideraba provocación, se había convertido en el himno de rebelión que se bailaba, bajo alerta y bajo un entoldado, en los aplec, cada vez que había fiestas. Somos y seremos gente catalana, decía aquella letra, tanto si se quiere como si no, que no hay tierra más ufana bajo la capa del sol. “Som i serem gent catalana tant si es vol com si no es vol, que no hi ha terra més ufana sota la capa del sol.”

El ritual juvenil de los domingos en la pequeña población, cercana a Barcelona, era casto e ingenuo como la época. Juegos de mesa y bailes poco pecaminosos para parejas, en un centro recreativo llamado el Patronato; misa de doce en pandilla (colla), vuelta y vuelta por el Passeig y aperitivo con vermut y aceitunas en los jardines del prestigioso Hotel Balneario Blancafort, donde aplicaban precios especiales a los nativos y en el que acababa el solaz matinal con un reconfortante baño de aguas termales. Luego, todos felices, cada uno a su casa a almorzar el tradicional, familiar y caldoso arroz dominical con cigalitas, las fabulosas mongetes cuitas, bien regadas ambas delicias gastronómicas con el típico y fresquito porrón de vino semidulce.

Pero no todos los domingos terminaba la fiesta en paz. En una ocasión aquel muchacho fue testigo directo y horrorizado de cómo dos policías uniformados de gris, porra en mano, entraron estrepitosamente en la iglesia del pueblo, interrumpiendo bruscamente la homilía en catalán del mosén, a quien sacaron a la calle a empujones. Los feligreses no entendían porqué se prohibía dar el sermón en el idioma natural de todos ellos. Si la plática la hacían en castellano muchos de ellos no se enterarían. Pero el régimen no permitía más lenguas que la “imperial.” Y la imponía a palos. No hubo gritos de protesta. Solo silencio. Y miedo.

El joven inmigrante conoció una cultura de siglos, que comprendió en cuanto pudo chapurrear la nueva lengua con sus amigos y estos le correspondieron forzándose generosamente en hablar castellano. Y, mientras vivió allí, se integró, y hasta recorrió el territorio jugando al fútbol en el equipo juvenil del Olímpic. Años más tarde, en Ceuta, bajo una lona militar, la casualidad reunió al joven ex emigrante con dos reclutas de aquel pueblo a los que el sargento y el cabo primero pegaban y freían a imaginarias cada vez que los sorprendía hablando en catalán. La dictadura de los mediocres continuaba, pero, afortunadamente, no para siempre. Así es que, tal y como llegan cíclicamente las primaveras, también un día llegó la democracia. Y los pueblos de España pudieron decidir cómo querían vivir y cómo querían hablar.

Han pasado décadas y, con el tiempo, una ralea de independentistas ha incendiado la convivencia del español y el catalán. Y ahora se produce el fenómeno contrario. “Prohombres” de la poética “terra lliure”, como Heribert Herrera, dijeron sin sonrojarse que la inmigración acabaría con Cataluña. Y tremendistas como Carod Rovira reventaron la entente, pretendiendo enterrar un idioma que hablan más de quinientos millones de personas en todo el mundo y que, además, tiene más practicantes en Cataluña que el propio catalán.

Hoy día, aquel joven, ya no tan joven, siente vergüenza ajena y rabia profunda cuando asiste al bochornoso espectáculo de tanto estúpido rehusando con irracionalidad todo lo español.

La patria puede definirse como territorio de la infancia, como recuerdo de años de felicidad, como sentimiento de la nostalgia producido por la lejanía, pero si se convierte en pretexto para la intransigencia y la xenofobia, entonces ya no es patria, sino estupidez.

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(En la foto, el Passeig, hoy)

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 11 septiembre 2011)

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